Luego de escribir casi setenta artículos sobre libertad y batalla cultural, de consolidar la plataforma NOPIDOPERMISO, instalar una valla permanente para difundir mensajes de libertad, participar en conversaciones de 10AMPRO, discutir en redes sociales y, sobre todo, conversar cotidianamente con mucha gente, hay algo que me va quedando cada vez más claro en este esfuerzo por enaltecer la agencia individual y el valor de la libertad. La batalla cultural comienza con el lenguaje.
Por eso, recuperar el diccionario es el primer acto de libertad. Con el diccionario en una mano y una buena dosis de coraje en la otra, ahí sí podremos discutir las ideas, los indicadores, las leyes, los debates, la prensa y, finalmente, las urnas.
Nos robaron las palabras
La izquierda colectivista lleva décadas haciendo un trabajo silencioso y paciente. Y ese trabajo fue el de robarnos las palabras, con un éxito arrollador. Vimos en el Substack Batalla Cultural – Episodio 4 que esto no es un fenómeno espontáneo, sino un método. George Lakoff, el arquitecto del progresismo lingüístico, lo formuló con una tesis muy simple. Cada palabra evoca un marco mental, y ese marco es el que determina cómo procesamos los hechos. Por eso, quien se apropia de las palabras se apropia de los marcos, y quien controla los marcos controla la política. La izquierda impone la conclusión sin necesidad de demostrar nada y ya con eso ganaron.
Mientras la derecha y el liberalismo clásico discutían papers, cifras, eficiencia, productividad y reglas fiscales, la izquierda entendía mucho mejor el poder de la narrativa. La gente procesa historias, símbolos y emociones con mucha más facilidad que ecuaciones. Partiendo de la teoría de los marcos de Lakoff, el mecanismo que he visto repetirse una y otra vez tiene tres pasos:
La emoción. Se asocia una palabra con una valoración moral positiva o negativa: justicia, dignidad, equidad, igualdad, privilegio.
La licuefacción. Su significado se ensancha, se desplaza o se vuelve suficientemente ambiguo para acomodar dentro de él una determinada conclusión política.
El chantaje. La palabra termina sustituyendo al argumento. Si cuestionas la política propuesta, parece que estuvieras cuestionando el valor moral contenido en la palabra.
Y ahí ocurre la magia. Ya no podemos hablar de productividad sin parecer crueles, de incentivos sin sonar codiciosos o de diferencias humanas sin parecer clasistas. En ese terreno perdemos la discusión antes de abrir la boca.
Por eso la izquierda colectivista no suele hablar de impuestos, habla de solidaridad. No discute subsidios, habla de derechos. No propone redistribución, propone equidad.
El método aplicado
Miremos dos ejemplos sencillos. Dos palabras cotidianas que escuchamos permanentemente y que permiten entender cómo funciona esta transformación.
Igualdad
La emoción. Es una palabra de emocionalidad positiva. Todos nacemos iguales en dignidad y derechos. Es una de las conquistas más nobles de la civilización, que el poderoso y el humilde respondan de igual forma ante la misma ley.
La licuefacción. En su definición original, la igualdad es el principio que le reconoce a todas las personas los mismos derechos y las mismas obligaciones. Es igualdad ante la ley, punto. Pero rápidamente se amplía para incluir las oportunidades, que suena sensato. Y como medir las oportunidades es difícil, pero medir los resultados es más simple y directo, aterrizamos en una conclusión poderosa y dañina. Si los resultados son distintos, debe ser porque las oportunidades no fueron iguales. Y obvio que hay que darle un mandato al Estado para que iguale esos resultados. Y rápidamente pasamos de igualdad de derechos a obligación de igualar resultados. La paradoja es que, para igualar los resultados, la ley tiene que tratarnos distinto, pero eso obviamente los tiene sin cuidado.
El chantaje. “¿Entonces estás a favor de la desigualdad?”. Se acabó la discusión. El antónimo de igual es diferente, pero intencionalmente usan la palabra desigual. Y ahí está el detalle, porque la palabra diferente es una palabra neutra mientras que la palabra desigual acarrea juicio. Que dos personas sean diferentes no le incomoda a nadie, pero que sean desiguales es prueba del pecado social que el Estado está obligado a enmendar.
Privilegio
Este es un caso aberrante por el cinismo que acarrea. Aquí la palabra confiesa el truco ella sola.
La emoción. Privilegio tiene emocionalidad negativa, y esa es la diferencia con casi todas las otras palabras que la izquierda capturó. No la usan para que aprobemos algo, sino para que nos haga sentir culpables. Nadie quiere ser un privilegiado, porque la palabra huele a ventaja inmerecida, a algo que le quitamos a otro.
La licuefacción. En su definición original, privilegio viene del latín privilegium, que se forma con privus, privado, y lex, ley. Literalmente significa ley privada. Es decir, una norma hecha a la medida de alguien, distinta de la que rige para los demás. O sea que el privilegio no lo reparte el mercado, lo reparte el que hace las leyes. La exención tributaria a la medida, el monopolio protegido por decreto, el contrato a dedo, el régimen pensional especial. Pero en su versión manipulada, la palabra se despega de la ley y se le adhiere a cualquier cosa buena conseguida de manera legítima. Con eso el privilegiado es el que estudió, el que ahorró, el que madrugó, el que se esforzó.
El chantaje. “¿Usted qué va a saber, si es un privilegiado?”. Así, el que se esforzó queda como sospechoso y el que reparte los privilegios de verdad queda absuelto.
El arsenal es enorme
Y con esa misma técnica armaron un verdadero arsenal de guerra lingüística. Palabras como justicia, equidad, derechos, inclusión, diversidad, pueblo, solidaridad, sostenibilidad. El arsenal es tan grande que hasta el verbo quitar tomó el significado del verbo dar, y se ufanan de decir que el Estado “da” cuando en realidad el Estado quita.
Tenemos que recuperar las palabras y eso solo lo logramos disputando su significado. Y no un significado manipulado como lo hacen ellos, sino con el significado original que normalmente es neutro en lo emocional. La buena noticia es que no lograron robarse las definiciones. Basta abrir el diccionario, la etimología o la ley para que el truco quede expuesto. Por eso el trabajo no consiste en inventar un lenguaje nuevo ni en responder consigna con consigna, sino en algo mucho más simple y mucho más demoledor. Pongamos cada palabra al lado de su significado original y dejemos que la diferencia hable sola.
Firewall semántico por la libertad
Llevo meses trabajando en una herramienta para desactivar todo esto, y ya está casi lista. Se llama Firewall Semántico por la Libertad, y es un folleto físico con casi 130 términos desarrollados, organizados en seis dimensiones, más una lista final de otros casi 50 para que cada lector haga el ejercicio por su cuenta. Cada dimensión corresponde a una familia de palabras o términos que usa el colectivismo para avanzar:
El lenguaje colectivista y redistributivo.
La retórica revolucionaria y de lucha de clases.
El lenguaje identitario.
La expansión estatal y el intervencionismo.
El tecno-lenguaje multilateral.
El lenguaje moral y sentimental.
Ya vimos que el método moraliza las palabras en tres pasos. En este firewall las desenmascaramos, también en tres. Cada término tiene tres partes: su significado real, su significado manipulado y las preguntas para desactivarlo. El objetivo es que el lector entienda que cada una de esas palabras nos debe encender una alarma. Y como toda alarma, su función es que nos despierte a entender que nos están manipulando.
Veamos la primera palabra del Firewall, que además va directo al corazón de la doctrina de la izquierda, la famosa justicia social.
Significado real: Justicia es el principio moral, ético y jurídico de dar a cada persona lo que le corresponde, y social es aquello relativo a las personas que conviven en sociedad. Bajo esa lectura literal, toda justicia ya ocurre entre personas. Es decir, toda justicia es social, porque solo existe entre personas, en plural. El apellido “social” no le agrega nada al concepto. Lo único que agrega es la intención de cambiarle el significado.
Significado manipulado: Licencia para que el Estado determine cuánto debería tener cada persona y utilice su poder para redistribuirlo. La redistribución adquiere así una presunción moral, que es la de quitarle a unos para entregárselo a otros. Y eso pasa a llamarse justicia, con lo cual cuestionar el mecanismo puede presentarse automáticamente como injusticia.
Preguntas antimanipulación: ¿Justa según quién? ¿Cuál es exactamente la injusticia que se pretende corregir? ¿Quién la cometió? ¿Quién determina cuánto le corresponde a cada persona? ¿Quién paga la corrección? ¿Y alguien le preguntó si estaba de acuerdo?
Eso es el Firewall funcionando. No responde una consigna con otra consigna. Obliga a la palabra a mostrar lo que lleva escondido. Y así con los cientos de términos del glosario.
Lo voy a entregar, en físico y gratis, el 14 de octubre, en el DIA D de 10AMPRO. ¿Y por qué ese día? Porque no es un evento cualquiera. Es un encuentro sobre inversión, conocimiento y libertad organizado por 10AMPRO, y el nombre evoca el desembarco de Normandía, ese día en que se decidió el rumbo de una guerra para liberar a Europa de la tiranía. Una tiranía de verdad, de esas que la palabra todavía nombra bien. No se me ocurre mejor escenario para entregar un firewall semántico que un auditorio lleno de gente que ya entendió que la libertad hay que defenderla y que no se le pide permiso al Estado para reunirse y hablar de éxito.
También quedará disponible, gratis, en nopidopermiso a partir de ese día.
No pidamos permiso para pensar. Tampoco para nombrar. Recuperar el diccionario es el primer acto de libertad.



Muy interesante, me es difícil aportar