Pambelé, héroe de la batalla cultural
En el Substack anterior dijimos que la batalla cultural comenzaba por mirarse al espejo para expulsar los demonios colectivistas que nos habitan y nos dominan. En esta ocasión veremos que esos demonios, incluso después de haber sido exorcizados, ya nos han dejado una cicatriz muy profunda. Y esa cicatriz es la idea dañina que la pobreza es una virtud y que la riqueza es una sospecha moral.
Ese desprecio por la riqueza es, tal vez, el obstáculo mayor para el avance de la batalla cultural porque mientras sigamos viendo la riqueza como sospechosa, el mercado nunca tendrá defensores convencidos, sólo apologistas avergonzados. Nadie defiende con convicción lo que en el fondo cree que es pecado.
La teología de la pobreza
Buena parte de la tradición cristiana occidental terminó construyendo una teología de la pobreza. No una teología de la austeridad personal o de la frugalidad, que sería otra conversación. Sino una teología que elevó la pobreza a virtud, que la vistió de santidad y que convirtió la carencia en señal de gracia. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos.” La cita es del evangelio de Mateo y es, probablemente, la frase más influyente en la historia económica del mundo occidental. Podemos discutir si la frase está a la altura de Adam Smith cuando nos recordó que la cena no viene de la benevolencia del carnicero sino de su interés propio, o de Bastiat cuando nos advirtió que el Estado es la ficción a través de la cual todos intentan vivir a expensas de todos. Pero, lo que no se puede negar es el inmenso impacto cultural de la aguja y el camello.
Posteriormente al evangelio, Francisco de Asís hizo de la pobreza su programa de vida y fue canonizado. Los votos de pobreza se convirtieron en marca de santidad. Luego, muchas de las órdenes religiosas recorrieron el continente americano enseñando que el desprendimiento material era el camino a Dios.
La crítica no es contra la fe cristiana sino contra una interpretación cultural que convirtió la pobreza en una virtud política. Y esa virtud nos dice que la pobreza ennoblece y la riqueza corrompe. Y esa interpretación es una dura condena cultural a la ambición. Que los ricos y exitosos tienen una deuda moral que nunca termina de saldar. Que acumular es sospechoso, casi obsceno.
De la sotana al micrófono
Y no contentos con enaltecer la pobreza, había que invocar la justicia restaurativa. En 1891, la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII legitimó la “justicia social” en el lenguaje público, abriendo la puerta a su uso político. Y de allí la justicia social se consolidó como fundamento de políticas redistributivas. Y con todo ese acervo depositado en la tradición cristiana, llegó lo inevitable. Los políticos, en especial los latinoamericanos, tomaron ese sermón, le quitaron la sotana y sustituyeron el lenguaje. Donde la teología decía “codicia”, el colectivismo dijo “explotación”. Donde la Iglesia decía “el reino de los cielos es de los pobres”, el populismo dijo “el poder es del pueblo”. La estructura emocional era la misma: el rico no es alguien que logró algo. Es alguien que le quitó algo a otro.
Y el resultado fue el previsible. Una cultura que no celebra al que crea riqueza termina eligiendo políticos que prometen redistribuirla. Y tras décadas de esta receta política tenemos sociedades pobres, resentidas y orgullosas de serlo. Y esto, en el fondo, es un problema moral. Una sociedad con los valores alterados, que cree que el mérito es privilegio y la envidia es justicia. Por ello, la batalla cultural por la libertad pasa por reivindicar la riqueza y el éxito.
Más allá de lo moral, hay dos argumentos fundamentales que explican la importancia de la riqueza en una sociedad. Primero es el argumento técnico y económico. Y el segundo es el argumento social y psicológico.
Primer argumento: la riqueza es capital, y el capital es civilización
A veces, la batalla cultural nos impone unas tareas que son tremendamente absurdas. Estamos aquí tratando de explicar la importancia de la riqueza, algo tan obvio que no merece justificación. Es como explicar que el sol y el agua son fundamentales para la vida. Pero cuando los valores están alterados, toca hablar de las obviedades.
Y para estas obviedades, esta bella Colombia nos premió con dos grandes sabios. Ambos deportistas, que pasarán a la historia no tanto por sus gestas deportivas, sino por sus frases inmortales que son de una grandeza y simpleza infinitas. Primero, el boxeador Pambelé, haciendo más por la batalla cultural que Hayek, Mises o Rothbard con su famosa “es mejor ser rico que pobre”. Algo tan evidente y obvio, pero que la tradición cristiana nos había tergiversado. O la frase de Cochise Rodríguez que explica mejor que Milei y Sowell la estrategia de manipulación colectivista, con su memorable “en Colombia se muere más la gente de envidia que de cáncer”.
Y hay una segunda capa de idiotez. No es sólo que tenemos que justificar la grandeza de la riqueza. Está el hecho ridículo e irónico que los mismos que predican que la riqueza corrompe llevan décadas tratando de llegar al poder para distribuirla. Nótese la contradicción: si la riqueza es moralmente repugnante, ¿por qué el objetivo político es repartirla? ¿No sería más coherente destruirla? La respuesta, claro, es que nunca fue un problema moral para ellos. Siempre ha sido una burda manipulación. Los colectivistas nunca han odiado la riqueza. Lo único que odian es que la riqueza esté en manos de otros.
Develada la obviedad, hagamos el esfuerzo de explicarlo en términos técnicos. La riqueza no son montañas de dinero. Es tiempo ahorrado convertido en herramientas para producir más mañana que hoy. O dicho en términos económicos, la riqueza es capital acumulado, que se materializa en forma de maquinaria, conocimiento, infraestructura y reservas que permiten invertir en el futuro. Y el capital es la única fuente posible del progreso humano pues es ese capital invertido lo que permite generar producción, empleos, productos, tecnología, y todo lo que materialmente nos incrementa el bienestar. Por eso se dice que el capital tiene una función civilizatoria.
Hablando de obviedades, los países más ricos son lo que mejor viven. Como vimos en el Substack Forbes no te lo dice: somos muy pobres, vimos que la riqueza acumulada de Colombia es muy baja. Solamente USD 616 billion (americanos) que equivale básicamente a 1.5 veces el PIB nacional. Es decir, después de doscientos años de vida republicana, los colombianos sólo hemos podido acumular riqueza equivalente a 18 meses de producción. Eso nos demuestra que acumulamos riqueza a un ritmo bajísimo, y que somos muy pobres. En contraste, el mundo acumula ya varios años, seis veces más que Colombia para ser exactos.
La diferencia entre prosperidad y pobreza no es magia. Es capital. Nos lo recordó siempre Pambelé y las cifras simplemente lo ratifican.
Segundo argumento: la riqueza desactiva emociones destructivas
Existe un libro que debería ser lectura obligatoria en cada facultad de ciencias sociales del continente. Se llama “La envidia: una teoría de la sociedad”, del sociólogo alemán Helmut Schoeck, y su tesis central es incómoda para casi todo el espectro político: la envidia —no la pobreza, no la desigualdad, no la explotación— es el motor más destructivo de las sociedades humanas.
La envidia no desaparece cuando se igualan los ingresos. Se redistribuye, se especializa y encuentra nuevos objetos. Y en su forma más destructiva no quiere el bien del otro sino su mal. Cuando esa envidia no se domestica, sino que se santifica, deja de ser un defecto privado para convertirse en política de Estado.
Pero no toda envidia es destructiva. Schoeck distingue lo que llama la “envidia-indignación” — la que al ver el éxito ajeno dispara un “yo también puedo” y se convierte en motor de esfuerzo y superación. Esa es benigna. La que mira al rico no con odio sino con ambición. La que emula en lugar de demoler. Como lo formuló Thomas Sowell: las sociedades que admiran el éxito producen más éxito. Las que lo demonizan producen más resentimiento.
Y aquí está la clave: la riqueza celebrada y percibida como alcanzable convierte la envidia destructiva en emulación productiva. Eso es aspiración. Y la aspiración es el combustible de las sociedades que avanzan.
Culpa, fuente de autogoles
Para reivindicar la riqueza, primero hay que eliminar la culpa. Y la culpa, en este contexto, es el arma cultural con la que se desarma a quienes crean riqueza. Es ese malestar íntimo que siente el exitoso cuando lo es demasiado. Es el reflejo condicionado de quinientos años de doctrina que hace pensar que acumular es sospechoso, que el éxito propio viene a costa de alguien, que debe haber alguna víctima en algún lugar que justifique tanto bienestar.
Esa culpa sin sentido es la fuente principal de autogoles. Y los autogoles tienen nombre y apellido. Libertank* los clasificó en un documento que debería ser lectura obligatoria para todo colombiano. Es un documento titulado “No te metas autogoles” donde enumera 18 falacias en las que el sector privado incurre con una regularidad que asombra. Y son autogoles culturales porque obligan a justificar, compensar o disculpar a la riqueza. Es el empresario que dice “yo tuve suerte”. El médico que pide disculpas por cobrar bien. El emprendedor que habla en voz baja cuando le preguntan cuánto ganó.
(*): https://libertank.co/argumentos
Y para completar el listado de Libertank, vale la pena listar algunos autogoles más:
La filantropía con cara de arrepentimiento. La que no celebra la riqueza que la hace posible, sino que se excusa de ella. No es generosidad, es confesión.
El empresario que pide disculpas por crecer. El que anuncia utilidades récord con un párrafo entero explicando cuánto donó y qué tan comprometido está con el planeta. Como si el crecimiento necesitara una coartada.
El exitoso que vota contra sus intereses. El que financia candidatos redistributivos “porque hay que darle algo al pueblo”. Cree que está comprando paz social. En realidad, le está financiando la soga al que lo va a ahorcar.
El que acepta el lenguaje del adversario. El que dice “capitalismo salvaje”, “capitalismo consciente” o “neoliberal” sin pestañear. Cada vez que usa esas palabras le presta el micrófono al contrario.
Cierre
Ya vimos que la riqueza no necesita disculparse. El resentimiento que la combate, sí. Sólo aquellas sociedades que admiraron a las personas exitosas en lugar de odiarlas terminaron teniendo menos pobres. No es coincidencia. Es causalidad. La riqueza celebrada atrae más riqueza. El empresario, el comerciante, o el productor que es admirado invierte más, arriesga más, contrata más. Los jóvenes que aspiran al éxito trabajan más, estudian más, aspiran más. Y la sociedad que aspira, se inspira y produce más.
En cambio, la sociedad que odia el éxito no lo elimina, lo espanta. Y el capital espantado no se queda a discutir, simplemente se va. De allí la frase “no hay nada más cobarde que un millón de dólares”.
Pambelé tenía razón. Es mejor ser rico que pobre. La batalla cultural comienza cuando dejemos de odiar a los ricos. Y terminará cuando los niños vuelvan a soñar con ser uno de ellos.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Nico, como de costumbre, muy acertado.
Muchas gracias Nicolas, por seguir con tus escritos.