La pólvora mojada
Si hacemos un veredicto de la batalla cultural de los últimos cuarenta años, hay que aceptar algo incómodo: la izquierda colectivista ha sido la absoluta ganadora. Y no por poco. Por goleada. Logró algo extraordinario, casi de ciencia ficción, y ello fue ganarle a la realidad. Eso normalmente sólo lo consiguen los grandes novelistas, actores y artistas, y apenas por unas horas. Lloramos viendo una película, nos asustamos leyendo una novela o nos emocionamos frente a una pintura, pero sabemos que estamos ante una ficción. El colectivismo consiguió algo mucho más impresionante, convertir la ficción en sentido común.
Instaló la idea que el Estado es la única forma decente y civilizada de organizar la vida humana. Que cada problema necesita una política pública, cada injusticia una regulación, cada necesidad un derecho y cada derecho un funcionario que lo administre. Y lo consiguió contradiciendo la evidencia que ha demostrado una y otra vez que el Estado destruye precisamente aquello que promete proteger: la libertad, la prosperidad y la agencia individual.
Y lo lograron con las armas que mejor saben usar. El lenguaje cargado de moralidad, la captura institucional y el flujo de dinero internacional. Con esos tres cañones nos metieron la goleada de la época. Hay que reconocerles el mérito pues son extraordinarios gestores de relatos.
Pero hoy vuelven a encontrarse ante una encrucijada parecida a la de 1989. Tienen la pólvora mojada, pero no por eso van a rendirse. Al contrario, ya están buscando causas nuevas. Porque para ellos perder resulta existencialmente insoportable. Significaría aceptar que su cosmovisión fracasó cada vez que tuvo que enfrentarse seriamente con la realidad. Y, peor aún, perderían la máscara de superioridad moral y quedarían desnudos frente al espejo y los veríamos todos revelados como lo que son, unos simples fracasados. Y eso es inaceptable e inasumible. Eso no lo digo yo, está en su propia consigna: patria, socialismo o muerte. Y, como tantas veces en la historia, nos demostraron que en ese tercer terreno son los campeones indiscutibles.
En este texto intento explicar el éxito de su batalla, la razón de su encrucijada actual y las causas nuevas que están intentando usar para retomar el camino de triunfo que tanto añoran. La buena noticia es que esas nuevas causas parecen tener menos pólvora que las anteriores. La mala es que un colectivista acorralado no deja nunca de disparar. Y nada más peligroso que un animal acorralado, recordemos la sabia frase del arriero Aristóteles Jaramillo: “marrano acosado, hasta muerde.”
El Muro de Berlín
La última vez que estuvieron aquí fue durante la caída del Muro de Berlín en 1989. Aquellos ladrillos que cayeron fueron un veredicto histórico difícil de maquillar. El socialismo real había producido escasez, represión y muerte, y había que construir muros para encerrar a los propios ciudadanos. El experimento había llegado a un punto bastante incómodo para sus defensores pues no hay argumento que justifique la necesidad de construir muros para impedir que los beneficiarios del sistema escaparan de sus magníficas bondades. Pocas imágenes resumen mejor el fracaso de una idea. Y conviene recordar que el muro todavía existe, aunque ya no en Alemania. En Cuba tiene 90 millas de agua y tiburones, en Corea del Norte tiene garitas, minas y francotiradores, y en Venezuela no hubo muro porque el hambre resultó ser mejor carcelero que el cemento.
Ante semejante derrota, hicieron lo que todo buen estratega hace. Abandonar el terreno donde perdieron y abrir frentes nuevos. Encontraron dos causas vírgenes sobre las cuales construyeron su nuevo paradigma:
El medio ambiente: La naturaleza como víctima del capitalismo, el planeta como argumento para regular y redistribuir, irrefutable en lo emocional porque nadie puede estar en contra del planeta. Y siempre con imágenes que impacten, desde el oso polar, la ballena, el pitillo de papel o la niña Greta llorando. Símbolos para todo.
La política de la identidad: Los derechos de las minorías como causa moral irresistible, el lenguaje de la opresión como herramienta para silenciar sin necesidad de debatir. En defensa de los homosexuales, mujeres, indígenas, campesinos, negros, inmigrantes, trabajadores. Todos contra el hombre blanco privilegiado y patriarcal. Siempre desde un podio moral, en defensa de los débiles. Y nuevamente acompañado de símbolos. Esta vez el cachumbo morado, la axila frondosa y la bandera del arco iris o la de Palestina, todo para recordarnos siempre que la única desigualdad inaceptable es la que surge del éxito económico individual.
La del medio ambiente financió la agenda. La de la identidad ganó la cultura.
Del Muro al Wokismo
Pero toda estrategia se agota. La política de identidad se fue radicalizando hacia un postmodernismo militante, esa creencia de que todo es construcción social o cultural, pues no hay verdades absolutas y la razón crítica no se acepta. Para luego aterrizar en el wokismo, esa ideología que convirtió cada interacción humana en una relación de poder, cada diferencia en una opresión, cada opinión discrepante en una agresión moral. Ese wokismo llegó a plantear que el sexo biológico es una construcción social, que la objetividad es un privilegio racial o que las matemáticas son racistas. El wokismo no pegó tan fuerte en Latinoamérica, pero sí marcó el camino del colectivismo en Estados Unidos, Canadá y Europa.
El wokismo fue una sobredosis letal para la izquierda. La posicionó como un movimiento alejado del más mínimo sentido común. Y aunque culturalmente el colectivismo seguía fuerte, el poder no se le puede delegar a quien dice que un hombre que se siente mujer tiene el derecho incuestionable de entrar al baño de las niñas. Ahí perdieron a las mayorías que necesitaban para gobernar.
Con la pólvora mojada
Los tres cañones del colectivismo — el lenguaje moral, la captura institucional y el dinero internacional — siguen siendo los mismos de siempre y siguen funcionando. Lo que se agotó fue la causa que disparaban. La política de identidad mutó en wokismo y se suicidó por exceso. El medio ambiente sigue vivo pero ya no alcanza para sostener por si solo el relato. Y al agotamiento y exceso de sus causas se le suma ahora la eficaz reacción de sus rivales ideológicos.
Y es que la reacción natural a ese wokismo exacerbado explica en gran parte el resurgir de la batalla cultural por la libertad. De esa reacción surgieron los grandes personajes de los últimos diez años que han liderado la batalla. Jordan Peterson, convirtiéndose en fenómeno mundial al enfrentarse a la legislación canadiense sobre identidad de género y a lo que consideraba una imposición estatal sobre el lenguaje. Elon Musk comprando Twitter para romper la cancelación woke. Javier Milei, apalancado en el agotamiento argentino y el viento de cola anti-woke, convirtiéndose en el primer mandatario libertario del continente. Y un ejército creciente: Agustín Laje, Axel Kaiser, Huerta de Soto, Niall Ferguson, Juan Ramón Rallo, entre muchos otros. En Colombia el resurgir es visible desde hace pocos años, pero más visible desde el reciente ciclo electoral. Los invito a explorar el “rinconcito colombiano” en nopidopermiso.com donde listo las personas que considero están empujando estas ideas en Colombia. Seguramente me faltarán muchas personas más.
Hoy el colectivismo pierde terreno en países que hace diez años eran territorio propio. En menos de cinco años el mapa político occidental se redibujó: Milei, Meloni, Wilders, Trump, el bloque liberal-conservador en Suecia, la AfD en Alemania, Vox en España. Y en la región tenemos a Chile, Ecuador, Perú, Colombia y parece que sigue Brasil. Pero no es sólo el tema electoral. El DEI se desmantela silenciosamente y por la puerta de atrás en muchas corporaciones, woke pasó de término de orgullo a insulto que los propios progresistas evitan, y buena parte de la red internacional de financiación que durante años alimentó causas climáticas, identitarias y progresistas está siendo auditada, recortada o directamente desmantelada, siendo el caso USAID el más famoso.
Aún no ganamos la guerra. Los Estados siguen siendo enormes, las universidades capturadas y la gente sigue pidiendo más Estado. Y muchos jóvenes, especialmente en los paises desarrollados, tienen mucho apego por las ideas de la izquierda radical. Pero a pesar de eso, en la batalla cultural les empatamos. Y en varios frentes, remontamos.
Y esa es la encrucijada del colectivismo, idéntica a la de Berlín en 1989. El modelo agotado, el relato resquebrajado, el adversario creciendo. La respuesta, previsiblemente, es la misma de entonces, van a buscar causas nuevas.
Las nuevas banderas
Por ahora están ensayando fuerte con dos banderas. La primera y más viral se llama: asequibilidad. En inglés, affordability. Y el campo de batalla que escogieron no fue abstracto, fue la vivienda. La estrategia es elegante en su sencillez. El acceso a la vivienda es una preocupación real, legítima y transversal. No es una causa de minorías, y con ello se pueden desmarcar de ese wokismo que tanto daño les ha hecho. El acceso a vivienda afecta a jóvenes, a familias, a trabajadores, a la clase media que se siente estafada por un mercado que no entiende. Es una bandera rentable, electoral, simple de entender. Y sobre esa preocupación genuina, la izquierda colectivista está construyendo el mismo argumento de siempre: el mercado falla, el Estado debe intervenir, los propietarios son el nuevo enemigo de clase. El enemigo pasó de ser el empresario, el terrateniente o el patriarcado, ahora es el especulador inmobiliario que acapara las viviendas que la gente tanto necesita.
La segunda bandera es la de los super impuestos a los ricos. En inglés, tax the rich. En realidad, no es una bandera nueva, es simplemente la vieja lucha de clases con ropa nueva y eslogan de camiseta. O también se puede ver como la derivada del “one percent”, ese famoso eslogan de Bernie Sanders para decir que el uno por ciento más rico acaparaba todo. Es una bandera que es políticamente rentable y culturalmente pegajosa. Odiar a los ricos es muy fácil. Ya sea el trillonario autista de Elon, el boleta de Bezos, el nerd de Zuckerberg, los billonarios de Nueva York o Mónaco, o los cuatro mil riquitos montañeros de nuestra tierrita. Quitarles sus herencias, fundirlos a punta de impuestos y que lloren como Verónica Castro y Guillermo Capetillo. Ante el argumento lógico que viendo la subida de impuestos los ricos se van con su dinero, nos responden siempre con dos idioteces. Dicen que eso es mentira, que los ricos nunca se van, que es un cuento de los mismos ricos para no pagar. O dicen que mejor, que si se van es porque no merecían estar, y que el Estado puede llenar ese vacío.
Estas dos banderas se están ensayando en dos laboratorios principales. En Nueva York con el alcalde Mamdani, autodenominado socialista democrático*, quien viene promoviendo un plan de congelamiento de rentas para casi un millón de apartamentos. Y con una retórica incendiada de subir impuestos a los mega ricos. Y en España, el combo de Sánchez, el PSOE y otros aliados con su Ley de Vivienda que estableció topes de alquiler en varias zonas.
* Socialista democrático es la equivalencia semántica de un violador enamorado.
Estas dos banderas no son causas nuevas. Son las mismas de siempre con distinto empaque y mejor marketing. El control de precios tiene milenios de historia y milenios de fracasos documentados. Los impuestos punitivos a los ricos tienen el mismo prontuario. El colectivismo lo sabe, pues no son ingenuos y leen los mismos datos que nosotros. Usan estas causas no porque crean que funcionan, sino porque producen titulares y ganan elecciones en el corto plazo. Estas causas no tienen el mismo impacto de las que arroparon en Berlín, parecen tener la pólvora mojada, pero aún hacen mucho ruido y aturden fuerte.
Ese ruido es el daño de fondo porque nos distrae y nos confunde. Y en una batalla cultural, la distracción es el primer paso hacia la derrota.
Algún inquieto dirá que no sólo son esas dos banderas nuevas. Que también están ensayando otras. Por ejemplo, el “derecho” a la salud universal, o el tema de la deuda estudiantil y el “derecho” a la educación gratuita o el Estado como árbitro y regulador de la información en redes. Puede ser cierto. Pero el común denominador es siempre el mismo. Una burda manipulación para justificar más Estado y menos agencia indiviudual. Distinto empaque, mismo veneno.
Cierre
Los colectivistas están a la defensiva, pero siguen siendo peligrosos. Ensayarán causas nuevas sin abandonar los tres cañones que siempre les funcionaron: lenguaje cargado de moralidad, captura institucional, dinero internacional. Y siempre apelando a una falsa compasión y a la eterna división de la sociedad entre víctimas y victimarios.
Cambiarán de causa cuantas veces sea necesario. Pero la receta será siempre la misma: más Estado, más control y menos libertad. Nuestra ventaja es menos sofisticada, pero muy aburrida. Tenemos la evidencia y la realidad de nuestro lado. Por eso nuestra tarea sigue siendo ingrata. Hay que señalar cada mentira, desmontar cada relato y recordar, una y otra vez, que detrás de cada bandera nueva viene escondido el mismo viejo colectivismo.
Que disparen. Esta vez tienen la pólvora mojada.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Estrategias sin afán, sembrando en las mentes de jóvenes y niños, en nuestros hijos. Hoy ya han cosechado a muchas juventudes que votan, marchan y son de la primera línea, con sus banderas, símbolos y causas emocionales.
La batalla cultural la debemos dar en nuestras casas, en los colegios, en nuestros círculos inmediatos. Esto no pasa “por allá”, pasa acá, en ese colegio que crees es de tu mismo pensamiento. No es fácil, porque es ir en contra de lo que parece “cool”, o de las “minorías” que están siendo “agredidas”, pero al final, sino la damos cada uno de nosotros, es entregar el futuro sin haberse comprometido con lo que creemos debe ser. Muy buen artículo!!
Para ellos aplicaría el dicho de: “una mentira repetida mil veces se vuelve verdad”, porque para ellos es así. Sobretodo porque, a diferencia de lo que pasa con la derecha, los zurdos son disciplinados y pacientes. Felicitaciones Nico por la columna.