La batalla cultural comienza por un exorcismo
Rituale libertatis
Todos tenemos una teoría sobre la batalla cultural. La más popular dice que es la lucha entre dos cosmovisiones irreconciliables. De un lado los colectivistas, socialistas o feligreses de la religión del Estado, o simplemente todos aquellos que están dispuestos a sacrificar la libertad propia y ajena para obtener la tutela del Estado. Gente que, en el fondo, no confía en sí misma para tomar decisiones y por eso necesita que un funcionario se las tome, con cargo al bolsillo del prójimo. Del otro lado, los que decimos defender la libertad individual y la responsabilidad que la acompaña, amparados siempre en la agencia del individuo, la propiedad privada, y el contrato voluntario, todo libre de coacción.
También hay muchas otras versiones. Comunismo contra libertad. Productores contra saqueadores. Y también hay versiones más históricas como la de civilización contra barbarie, con la diferencia que en esta ocasión la barbarie tiene disfraz de institución, cada vez mejor financiada y con mejores relaciones públicas. Y en esta misma versión nos llaman bárbaros a los que no aceptamos que la civilización se construya repartiendo lo que otros producen. O la que más me gusta, sencillita, en lenguaje coloquial colombiano que entendemos todos, la batalla en la que el vivo vive del bobo.
Todas tienen algo de razón. Pero todas también tienen el mismo defecto: el enemigo siempre está afuera, sea éste el Estado, las universidades, Petro o Castro. Siempre miramos hacia afuera. Sin embargo, en este trasegar personal, donde llevo años leyendo, debatiendo, aplaudiendo a Bastiat, y construyendo con cuidado la imagen de alguien que dice estar del lado correcto, siempre tengo en el trasfondo la pregunta más incómoda de todas: ¿seré yo parte del problema?
Y resulta que sí, todos tenemos un demonio colectivista adentro. No uno con boina, rifle y desprecio por el jabón. Normalmente es uno con buenos modales, argumentos razonables, y una capacidad extraordinaria para hacernos desconfiar del individuo. En el substack anterior titulado Socialdemocracia: el comunismo con paciencia, vimos que la socialdemocracia es el comunismo que aprendió a usar corbata y a hablar de derechos en lugar de la odiosa lucha de clases. Y su éxito cultural ha sido tan extendido que hoy el mayor logro del colectivismo no es el Estado que construyó, sino el que habita en la mente y los corazones de los que decimos combatirlo.
Exorcizar el demonio
Por lo anterior, la batalla cultural comienza en cada uno de nosotros. Comienza cuando reconocemos nuestra propia contaminación, entendiendo que somos portadores de una especie de virus fatal que transmite colectivismo. Pero a diferencia de los virus, el colectivismo no tiene vacuna. Y no la tiene porque las vacunas sólo funcionan en organismos que reconocen al invasor como enemigo. Y ahí está el problema. El colectivismo lleva tanto tiempo adentro que el cuerpo ya lo confunde con tejido propio. Le parece natural, moral y hasta de sentido común.
Atacarlo con biología no funciona. Atacarlo con economía tampoco, como lo demuestra cualquier conversación con un keynesiano después de mostrarle un gráfico. Hace falta atacarlo desde una dimensión más profunda. Más espiritual, si se quiere. Estamos obligados a un exorcismo. Y todo exorcismo requiere tres cosas:
Un sacerdote que sepa lo que está haciendo.
Agua bendita que purifique el ambiente y le impida al demonio respirar y lo obligue a salir del cuerpo.
Rezos de súplica en forma de letanías repetidas hasta el cansancio porque el demonio teme ser nombrado correctamente.
De los tres requisitos, lo del agua y los rezos son la parte más sencilla. El agua es la evidencia empírica, los datos, los países que intentaron el socialismo y fracasaron. Esa agua también viene embotellada en los textos de Bastiat, Hayek, Mises, Rothbard. Los que reorientan, los que nos recuerdan que la realidad termina triunfando sobre la utopía, todo para forzar al demonio a abandonar nuestro cuerpo.
Y los rezos en forma de letanías agotan al demonio. Nombre tras nombre, verdad tras verdad, repetidas hasta que no tenga dónde esconderse. Se leen en forma ritual con voz profunda de sacerdote:
El mercado crea riqueza. Amén.
El precio es información. Amén.
La cooperación voluntaria produce más que cualquier plan central. Amén.
No es inversión social, es gasto. Amén.
¿Quién paga? ¿Quién decide? ¿Quién pierde su libertad para que esto sea posible? Amén.
Iterum et iterum
Una y otra vez, repetidas hasta el cansancio, casi como un rosario. Hasta que el demonio ya no pueda hablar sin que lo reconozcamos.
El problema lo tenemos con el sacerdote. Para expulsar un demonio hay que conocerlo desde adentro, y todos los candidatos naturales al puesto llegaron con años de contaminación previa. El economista trae a Keynes. El periodista trae al Estado como protagonista. El político trae el presupuesto que nunca recortó. El empresario trae el arancel que nunca devolvió. Sin sacerdote disponible, nos toca asumir el papel a cada uno. No es lo ideal, pero no tenemos opción. Sin sacerdote nos toca echarnos el agua bendita y repetir las letanías a cada uno, y en voz alta.
Los cuatro demonios los expulsamos en el Rituale Libertatis
El colectivismo habita nuestro cuerpo en forma de cuatro demonios. A veces nos habitan todos simultáneamente. Algunos salen con un poco de agua y dos letanías. Otros requieren sesión larga, ayuno, y una honestidad consigo mismo que duele físicamente. Así como el Rituale Romanum contiene el rito oficial de la Iglesia Católica para expulsar demonios, el Rituale Libertatis es el nombre que le daremos a nuestro rito de liberación.
Subsidius es el más común y el más cobarde. Todos lo hemos alojado. Se manifiesta cuando pedimos que pavimenten la vía cerca a la casa, cuando pedimos aranceles para proteger nuestra industria, o cuando pedimos salud y educación “gratis”. Se disfraza de “política sectorial”, de “competencia desleal”, de “falla de mercado.” Cuando uno le echa agua bendita convulsiona rápido. Es el demonio de la envidia disfrazada de política económica. Sale pronto porque es vergonzante.
Redistributus es Belcebú. El príncipe. El que no sale fácil. Es el único demonio que logró que sus víctimas lo defiendan. Lleva siglos instalado porque no llegó con el socialismo del siglo XX sino con la culpa que nos instaló el cristianismo. Con la idea que tener es sospechoso y que dar, así sea por la fuerza, es virtud. Se alimenta de la falsa compasión y grita justicia social, equidad, y todo lo mide en brechas. Cuando uno le echa agua bendita no convulsiona. Llora. Y uno se siente mal por haberlo intentado. Este demonio requiere ayuno y látigo de penitencia. Y atreverse a decir en voz alta que obligar no es dar, que la compasión coactiva es un robo y que el Estado atenta contra el bienestar por más que alegue lo contrario.
Progressivus es el más moderno, pero no el menos peligroso. Reemplaza al individuo por la identidad colectiva. Llegó con el lenguaje inclusivo, el DEI corporativo, y la idea de que la identidad vale más que el mérito. Se instaló en empresas, universidades, y medios. Sus gritos de manipulación se estampan en informes de gestión de empresas con conflictos de dueños, en el informe anual de las cajas de compensación y su versión más ruidosa está en el activismo radial y de redes. Es el más débil en el debate, pero el más agresivo en la cancelación. No argumenta, señala. No refuta, silencia. Cuando uno le echa agua bendita y le hace una sola pregunta — ¿cuántos empleos destruyó la cuota que celebraron? — convulsiona rápido.
Patriotus es Leviatán. Es el más traicionero y poderoso porque es el único que llega armado. Nació de una frase: “el Estado es la civilización.” Frase que suena a Hegel pero que justifica cualquier cosa: el monopolio, el arancel, la empresa estatal, la pérdida de libertad. Si el Estado es la civilización, todo lo que no controla es barbarie. Es el estatismo puro, el de siempre, conservador en los valores y keynesiano en el presupuesto. Cuando uno le echa agua bendita no convulsiona ni llora. Pregunta por qué le hacemos el juego a los enemigos de la nación. Este es el exorcismo más largo. Una sola pregunta, repetida sin piedad: ¿Si el Estado es la civilización, quién civiliza al Estado?* La respuesta honesta es el momento en que Patriotus empieza a soltar.
(*) Nadie civiliza al Estado. Por eso la única respuesta civilizada es limitarlo.
Cierre
La batalla cultural debe surgir de una primera gesta interna y espiritual. Sin ese primer paso, seguiremos confundidos, peleando contra el enemigo de enfrente mientras el de adentro nos dicta el manual a seguir. Esa primera gesta debe ser un exorcismo contra los demonios que ya nos habitan, nos engañan y nos dominan.
Criticar a Petro, Chavez y Castro con contundencia se disfruta, pero no basta. Citar los fracasos de Cuba y Venezuela, tampoco. Ganar una que otra batalla electoral, menos. Mientras sigamos habitados por los demonios del colectivismo, continuaremos ganando el debate, pero perdiendo la batalla cultural. Al demonio le basta seguir oculto para seguir ganando. Y las batallas están para ganarlas, por eso tenemos que hacer lo que el demonio más teme: que lo nombremos. En voz alta, sin cobardías, primero en el espejo y luego en la plaza.
El problema nunca fue que el colectivismo conquistara el Estado. El verdadero triunfo fue que conquistara nuestras mentes y corazones. La batalla cultural no empieza en las urnas. Empieza frente al espejo.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Nico que buenos aportes y argumentos para seguir batallando.
Muy bueno Nicolas, Gracias por compartir. El colectivismo no es solo de izquierda. El colectivismo de derecha también hay que extirparlo. La religión, al estado, o a Dios es igual de colectivista. Ayn Rand lo definía así:
Ambos bandos, colectivistas de izquierda y de derecha desprecian la libertad. Ambos buscan controlar en el ser humano aquello que para ellos es importante.
Los de izquierda tratan de controlar la materia. Los de derecha el espíritu.
Los místicos del cuerpo (izquierda), quieren dejar tu intelecto libre, pero te ponen grilletes y te ordenan qué comprar, con quien comerciar, cuando etc. Quieren esclavo a tu cuerpo, tu capacidad de producir en este mundo.
Los místicos del espíritu, por otro lado, quieren dejarte libre para producir, pero quieren encadenar tu mente, diciéndote en qué creer y cómo pensar.
Ser coherente con la libertad es rechazar ambos. El exorcismo del colectivismo es también el exorcismo de la religión, del misticismo en todas sus formas.