El Matacuentos
El mayor error de quienes damos la batalla cultural es creer que estamos librando un debate académico. No lo estamos. Mientras nosotros citamos autores, ellos fabrican cuentos. Y un cuento viaja mucho más rápido que una bibliografía. Por eso hace falta un arma distinta. Este es el Matacuentos.
Es necesario tener una estructura teórica sólida para interpelar y contener esa avalancha de falsedades que el colectivismo quiere imponernos a diario. Sin embargo, como se trata de una avalancha, es físicamente imposible detener a punta de papers y gráficos a un ejército tan numeroso de zombies distópicos disparando mentiras y falsedades a toda hora. Por eso, es importante tener a la mano unas herramientas que sean simples de usar para contener así sea de a un solo zombie.
Y antes que me insulte la izquierda radical por llamarle a su ejército una manada de zombies, vamos a explicarlo bien y de forma respetuosa. No es un insulto, es una descripción. Son zombies porque su modelo lleva muerto desde que nació, pero fue enterrado otra vez con el muro de Berlín en 1989. Nadie les avisó y siguen caminando. Cada vez que colapsa su sistema, lo desentierran con nombre nuevo. Hay otras personas más cinematográficas que los llaman zombies porque caminan en manada, gimen consignas que no entienden y andan buscando cerebros ajenos porque el propio ya lo entregaron al colectivo.
Más allá de estas explicaciones, la definición literal de zombie es un muerto viviente. Eso es claramente una contradicción, pues, o se está vivo o se está muerto. Solo aquellas personas que son capaces de negar la realidad y vivir en un mundo paralelo pueden catalogarse como muertas en el mundo real, pero vivas en el mundo de la fantasía. Y esas personas son los colectivistas, socialistas, progresistas, izquierdistas, o como los queramos llamar. Los socialdemócratas aún no son zombies, pues, aunque ya los mordieron y están infectados, aún tienen cura. De hecho, mordidos estamos casi todos, y parte de la cura está en apropiar la batalla cultural como una misión de vida, o mínimo como parte central en toda conversación.
En este texto, les comparto un manual básico de contención de zombies. Tratando de encontrarle un nombre de fácil recordación, pensé en nombres como “el machete”, “kit antimordida”, “la cartilla” entre varios otros. Pero como la idea es aterrizarlo a la realidad colombiana, y en lenguaje que conecte con nuestra idiosincrasia fresca y burlona, me quedo con el Matacuentos. Es un nombre muy colombiano, y es efectivo, pues define las dos palabras del manual: estamos matando al zombie en su mundo de fantasía para traerlo de vuelta al mundo real. Y es cuento, porque es lo que les echaron.
El manual tiene varios componentes, son intuitivos y fáciles de usar. Primero está la matriz, la herramienta para identificar los cuatro (4) tipos de zombies que hay. Y luego está la munición con los argumentos y el tono para desarmar las mentiras de cada tipo.
La matriz del Matacuentos
En el mundo de los negocios se utilizan mucho las matrices, especialmente las más sencillas, las de 2 x 2. La más famosa de todas es la Growth Share Matrix de Boston Consulting Group, la que hizo famosos términos como “vaca lechera”, “estrella” y “perro”. Cuatro cuadrantes, dos ejes, y toda una industria de consultores viviendo de eso durante cincuenta años. Si a los gringos les sirvió para clasificar los negocios, a nosotros nos sirve para clasificar muertos vivientes.
En nuestra matriz, escogí dos variables fundamentales para clasificar a estos personajes. Una es la inteligencia, y la otra es la honestidad. En mi experiencia, intenté con otras variables como la envidia o la pereza, pero resulta que son variables difíciles de aislar como dicen los técnicos. Por ejemplo, descubrí que en esta población la envidia no es variable, es siempre constante. Recordemos del bachillerato, que matemáticamente una constante no sirve para derivar, pues su derivada es siempre cero. Eso en términos sociales significa que el zombie no tiene pendiente moral, puede cambiar de partido, de discurso y hasta de peinado, pero la envidia le queda intacta.
Pero encontré que estas criaturas sí tienen grados diferentes de inteligencia y honestidad, y por ello tomé esas dos variables para la matriz. Una aclaración antes de seguir, porque de aquí depende el entendimiento de todo lo demás. Cuando digo honestidad me refiero a dos cosas: mirar la realidad y decir lo que se ve. Se puede fallar en cualquiera de las dos, y de ahí salen dos tipos muy distintos de deshonesto. Y cuando digo inteligencia me refiero a la capacidad de entender lo que se vio. Y de esa combinación salen los cuatro personajes.
Los personajes
Cada cuadrante es un paciente diferente. Lo vamos a explicar bien, y darles personajes conocidos para mejor identificación y recordación.
Cuadrante 1: Honesto e Inteligente. Yo lo llamo el unicornio azul. Porque no existe. Su inexistencia tiene explicación técnica. Mises demostró en 1920 que sin propiedad privada no hay precios, y sin precios nadie puede calcular. El socialismo no fracasa por corrupción ni por bloqueo, fracasa porque está intentando dibujar un círculo cuadrado, hacer una cuenta sin números. Quien tiene la honestidad para mirar y la inteligencia para entender lo que ve, lógicamente no puede ser colectivista. Por eso el cuadrante está vacío.
Pero adicionalmente el unicornio es una criatura mitológica. Mitológica no significa rara, significa que vive en el relato y no en el mundo. Y todos los colectivistas lo saben, y hasta lo cantan. En la canción Mi Unicorno Azul, la más famosa del mismísimo Silvio Rodríguez —cantante más comunista que hacerle fila a un pan— cuenta que se le perdió el unicornio azul, no sabe si se le fue o si se extravió. Hombre Silvio: nada se perdió, lo que pasó es que nunca existió.
Cuadrante 2: Honesto y Bruto. Es honesto de verdad, no está fingiendo, cree cada palabra de lo que dice y está dispuesto a mirar la evidencia. El problema es que la mira y no ve nada. Y es bruto porque confunde la buena intención con el buen resultado. Por eso es un zombie tierno, pero que hace daño. La figura que más se le asemeja es la del Chapulín Colorado, con su consigna de siempre: “No contaban con mi astucia“. Llega a ayudar, deja todo peor de como lo encontró, y se va convencido de haber hecho lo correcto. Y como nadie le cobra el desastre, mañana vuelve.
Dejé al Chapulín como personaje de este cuadrante por su fácil recordación. Pero hay que tener cuidado con esa ternura, y no olvidar que todo zombie muerde. Para los que se confundan, pueden cambiar al Chapulín por el monstruo de Frankenstein, y recordar muy bien la escena en la que carga a la niña junto al lago con toda la dulzura del mundo, no entiende nada, la lanza al lago y la niña se muere.
Cuadrante 3: Deshonesto y Bruto. Yo lo llamo los troles. La gran mayoría de zombies caen en este cuadrante. Son deshonestos no porque mientan sobre los hechos, sino porque decidieron no averiguarlos. Su ignorancia no es un accidente, es una postura orgullosa. Son brutos como los del cuadrante 2, pero sin la excusa. Al Chapulín se le puede alegar buena fe, a estos no. Aquí no hay ternura que valga ni niña que cargar. Son una turba infecciosa con ganas de morder. Estas criaturas no vinieron a pensar, vinieron a pertenecer.
En el folclor nórdico el trol vive debajo de un puente, es bruto, ataca al que pasa y se convierte en piedra cuando le da la luz del sol. Con el trol no hay argumento que entre, y no porque la criatura sea impenetrable, sino porque la conversación nunca fue sobre el argumento.
Cuadrante 4: Deshonesto y Inteligente. Mi personaje favorito es Drácula. Es el más peligroso de los cuatro, y lo es por una razón sencilla. Es el único que no está mordido. Los demás son víctimas de algo, ya sea de la ignorancia, del entusiasmo, o de la manada. Drácula no niega la realidad, la conoce mejor que nadie. Mira, entiende, y luego miente. Es culto, elegante y encantador, habla mejor que todos y tiene mejor biblioteca. Vive de la sangre ajena, que es la definición literal del vampiro. Convierte en muertos vivientes a los que muerde, y por eso los cuadrantes 2 y 3 existen. No se refleja en el espejo, o sea que es el único que jamás se examina a sí mismo. Nunca tomó nada por asalto. Entró por la puerta que le abrimos, ya sea el colegio, la universidad, la sala de redacción, el libreto de la serie, y una vez adentro se queda.
Con el vampiro no hay conversión posible, ni falta que hace. A este no se le convence, se le expone. Se le abre la cortina y se le deja entrar la luz.
Los personajes políticos de la matriz
Saliéndonos ya de los personajes de ficción que nos ayudan a clasificar estos arquetipos, vamos con nombres y apellidos a la realidad política.
El unicornio no existe, pero no quiere decir que no lo sigan buscando o tratando de crear. Siempre con la imagen bonachona, casi un Papa Noel, con discursos compasivos y ponderados, eruditos, letrados y citando miles de autores. Se ha intentado decir que Bernie Sanders es el último unicornio, y en Colombia también tuvimos un Carlos Gaviria. Ahora hay uno nuevo, ya no con barba blanca, sino de barba oscura, representando a los inmigrantes del mundo, compasivo y luchando por ellos, con argumentos que dice son técnicos. Es el alcalde Mamdani de Nueva York. Los unicornios no existen, pero tratarán de decirnos que algún día llegará alguno como profeta salvador.
El Chapulín no existe en el mundo político, pues sabemos que no hay político honesto. Tratarán de decirnos que sí los hay, y si creyéramos esa mentira, en este cuadrante estaría la famosa AOC del partido demócrata. Son socialistas tiernos, de buenas maneras, pero con ideas pendejas y bien dañinas. En Colombia serían Gustavo Bolívar o Mafe Carrascal. En Latinoamérica, serían Alberto Fernández en Argentina o el mismo Boric de Chile. Pero recordemos, estas clasificaciones son hipotéticas pues la política y la honestidad —intelectual o de cualquier otra índole— son como el Chapulín y la astucia, se nombran en la misma frase, pero nunca van juntas.
Los troles simplemente no se nombran. Son muchos, y tienen identidad grupal, no individual. Son todos los activistas e influenciadores que marchan, gritan y atacan sin mucho detenimiento ni reflexión. Son los soldados numerosos de ese ejército.
Drácula es quien dirige la manipulación. Ahí está el grueso del liderazgo político de la izquierda radical. Los más conocidos van desde los socialistas del siglo XXI como Chávez, Maduro, AMLO, Correa, Petro, Kirchner y toda esa banda, hasta los socialistas españoles como Iglesias. Sánchez es el caso de frontera pues ya no se sabe de qué lado del puente vive. Es cierto que mucho de la socialdemocracia alimenta y valida esta cohorte, y nos hacen mucho daño. El Matacuentos no funciona con los socialdemócratas, pues ellos tienen escudo fuerte. Tenemos que diseñar un manual específico para esa especie tan abundante y con tanta resistencia viral.
La munición
Contra el unicornio. No peleamos con el unicornio, porque el unicornio no es una persona, es un cuento, y este cuento lo puede echar cualquiera de los otros tres. Al que nos lo venda le hacemos una sola pregunta, sin adornos: nómbrenos un lugar y una fecha donde eso haya funcionado. Va a responder Escandinavia. Ahí le explicamos que Suecia es más libre económicamente que Colombia*, y esperamos. Cuando finalmente diga que eso no era el verdadero socialismo, ya ganamos pues acaba de admitir, en público, que lleva un siglo defendiendo algo que nunca ha visto.
(*) Index of Economic Freedom de Heritage, última edición (No. 32) donde Suecia está en la posición 11 y Colombia en posición 91 de un total de 184 países.
Contra el Chapulín. Aquí no disparamos, preguntamos. Este es el único cuadrante donde ganar la discusión es perder, pues si lo humillamos, lo empujamos hacia el puente, que es donde lo están esperando los troles. Dos preguntas nos bastan, y las dos son de niño de diez años: ¿de dónde sale la plata? y ¿eso funcionó dónde? No esperemos respuesta hoy. No vinimos a convencerlo, vinimos a dejarle una piedra en el zapato. La duda hace el resto sola, y trabaja de noche.
Contra los troles. Con estos no debatimos. Nunca. Debatirle a un trol es aceptar el único término que él propone: que nosotros gastemos horas y él no gaste nada. Por eso la regla aquí es simple. No le contestamos al trol, le contestamos al que está mirando. Pedimos la fuente, una vez. Como nunca la tiene, no insistimos, no explicamos, no repetimos. Eso es sacarlo al sol, no lo convertimos en piedra con argumentos, lo convertimos en piedra dejándolo expuesto. Y el público entendió, que es el único que nos importaba: el Chapulín del cuadrante 2, y los que están afuera de la matriz (los socialdemócratas y los despistados).
Contra Drácula. A este no le discutimos la idea, le discutimos la vida. Llevamos la discusión al plano moral y no técnico, pues sus argumentos son impecables porque los diseñó él. Nunca aplica en su propia vida lo que exige en la plaza, y esa distancia es lo único suyo que sí es verificable. Dónde estudian sus hijos. Dónde tiene la plata. Qué carro maneja el que nos exige andar en bicicleta. Y, sobre todo, no le aceptamos su diccionario. Drácula no gana con datos, gana con palabras: justicia social, equidad, sensibilidad, lo público. Preguntemos siempre qué significa exactamente cada una. Nunca sabe. Nunca puede. Porque ese diccionario es la puerta por donde entró, y dejar de usar sus palabras es la única manera de retirarle la invitación.
Cierre
Este manual matacuentos no sirve para tener la razón. La razón ya la teníamos, pero nunca nos alcanzó. Llevamos cien años teniendo la razón y perdiendo la batalla. La perdemos porque la razón no se contagia y el cuento sí. Ellos tienen un ejército que lleva décadas mordiendo, y de ahí su éxito pandémico.
Afortunadamente estamos despertando. Ya vimos en un texto anterior que la batalla cultural empieza con un exorcismo. Lo que sigue es más difícil: no quedarnos callados ante la andanada de mentiras que el ejército zombie dispara a diario. El matacuentos no gana esa guerra. Solo sirve para que la mordida no contagie. Porque son muertos vivientes y van a seguir mordiendo, no lo pueden evitar.
Aclaración obligatoria (disclaimer): esto es una opinión. Ninguna de las criaturas mencionadas representan un diagnóstico médico, y ninguno de los nombres propios está siendo acusado de nada distinto a defender públicamente las ideas que defiende públicamente. Si alguien se reconoció en algún cuadrante, ese es un problema entre él y el espejo. Salvo que sea Drácula, que no se puede ver en él.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Muy bueno Nico!
Espectacular!