En este substack he insistido mucho en que una de las áreas fundamentales de la batalla cultural es el lenguaje. Y lo es porque a través del lenguaje, la izquierda colectivista nos ha robado las palabras con un truco simple que hemos explicado en textos anteriores. El truco tiene tres pasos sencillos. Primero, asocian la palabra con una emoción positiva (justicia, dignidad, equidad). Luego las sacan de su definición original, es decir, las vuelven moralizantes. Y cierran el truco con el chantaje moral. Si no apoyas la medida, eres mala persona.
Por eso no podemos ceder antes esos chantajes y nos toca volver a los significados originales de las frases y las palabras. En esta ocasión, vamos a develar una frase que es un engaño absoluto del colectivismo. Es una frase que incluso a veces la decimos aquellos que nos creemos curados. Es la famosa frase: “El Estado somos todos.”
Del “Estado soy yo” al “Estados somos todos”
A Luis XIV se le atribuye la famosa frase en la que él se declaró el Estado. Pero, a pesar de ese absolutismo, por lo menos había una cruda franqueza. El rey era el Estado, y al que no le gustara, pues “de malas”. La coerción era directa, sin atajos, sin gambetas. Estaba muy claro donde residía el poder y donde no, y sin dudas no hay necesidad de manipulaciones.
Un siglo después llega la mutación a manos de Rousseau, y treinta años más tarde la Revolución Francesa la lleva a la práctica. El poder ya no viene de arriba, viene de nosotros. Nace la voluntad general, superior a los individuos y justa por definición. Y si es siempre justa, quien disiente no está en desacuerdo, está simplemente equivocado. De ahí su frase “al que se resista, se le obligará a ser libre”. Frase que está en su libro El Contrato Social, otra frase manipuladora en sí misma. El contrato social no existe, pues es un contrato que nadie firmó, que no se puede leer y del que no se puede uno retirar. Es todo lo contrario a un contrato. Pero le pusieron esa palabra y con eso bastó para que sonara a acuerdo entre iguales. Y luego, Robespierre ejecutó el contrato, literalmente, al pie de la letra y soltando la guillotina.
El siglo XX fue más sutil pero más efectivo. Si votamos, ya somos autores de las leyes. Y como autores, nos cobramos los impuestos nosotros mismos. La coerción se reclasificó como autogobierno.
En tres siglos solo cambiaron las palabras. Luis XIV, con toda su soberbia, era más honesto que cualquier ministro de Hacienda de hoy. Al menos Lucho nunca nos hizo creer que era empático o que el impuesto era un acto de amor y solidaridad.
Engaño a gran escala
En un escrito anterior titulado Nos robaron el futuro, explicamos que toda estafa comparte tres elementos fundamentales: engaño, asimetría y consentimiento aparente. La frase “el Estado somos todos” cumple los tres con una precisión quirúrgica. Vale la pena desarmarla pieza por pieza.
Primer pilar: el engaño. Hacernos creer algo falso.
Y lo falso aquí no es un dato, es un sujeto entero. Una mentira ordinaria falsea un hecho. Aquí tenemos la mentira más profunda, la ontológica, pues falsea la existencia misma de quien actúa. Le atribuye ser, voluntad y acción a algo que no las tiene. El Estado no existe como sujeto. Los que actúan son individuos de carne y hueso en nombre del Estado. Cuando decimos “el Estado gastó”, estamos ocultando que unos funcionarios específicos decidieron gastar la plata que nosotros produjimos.
La estafa primero inventa un sujeto que no existe y después nos disuelve a nosotros dentro de él. Nos hace desaparecer como individuos para hacer aparecer un ente que nunca estuvo ahí.
Segundo pilar: la asimetría. Una parte sabe lo que la otra ignora.
Lo primero que la frase esconde es el mapa del poder. El “todos” tapa la única pregunta que importa: quién decide y quién paga. Porque no somos todos. Hay unos que deciden y otros que financiamos. Ellos saben perfectamente que el Estado no somos todos y lo saben cada vez que adjudican un contrato, reparten una notaría o nombran un embajador. La frase solo aparece en modo cobro, nunca en modo reparto.
Y lo segundo que esconde es quién responde. Si el Estado somos todos, entonces el contrato amañado lo firmamos nosotros, el hospital sin terminar lo abandonamos nosotros y la deuda la contrajimos nosotros. Culpa repartida entre 52 millones de colombianos es culpa de nadie. Es el crimen perfecto porque el responsable siempre está en otra parte y en todas al mismo tiempo.
Tercer pilar: el consentimiento aparente. Que la víctima crea que participa voluntariamente.
Aquí está el corazón del truco, y opera convirtiendo el despojo en autoservicio. Si nosotros somos el Estado, el impuesto no nos lo quitan, nos lo damos. La multa no es castigo, es disciplina. Es la anestesia más eficiente jamás inventada, porque no nos pide aceptar el robo, nos pide sentirnos ladrón y víctima al mismo tiempo. Y así no tenemos a quién reclamarle.
El consentimiento se fabrica con el voto. Como votamos cada cuatro años, quedamos convertidos en autores de todo lo que se decida después, incluso de lo que jamás habríamos aprobado. Firmamos un cheque en blanco y nos dijeron que eso era ser dueños del banco. Y por si alguien intenta retirar ese consentimiento, la crítica se vuelve traición. Si el Estado somos todos, criticar al Estado es criticarnos a nosotros mismos. Ya no estamos señalando a un rey, ya señalamos a nuestra propia familia, nuestro propio país, nuestra propia gente. Por eso al que critica lo tildan de apátrida, de desalmado o de anarquista*.
El resultado es ganador. Es un engaño que inventa al sujeto, una asimetría que esconde quién manda y quién responde, y un consentimiento fabricado que además se protege solo.
(*) Otra manipulación semántica. La palabra anarquía viene del griego. El prefijo an- significa “sin”, y la raíz arkhê significa mando o gobernante. Anarquía significa entonces, literalmente, “sin gobernante”. Nada más. Pero la moralizaron hasta convertirla en sinónimo de caos y desorden. Y aquí el truco semántico. Si la ausencia de mando es desorden, entonces el mando es orden por definición. El Estado quedó convertido en el único proveedor de orden posible. Por eso, cuando a uno lo llamen anarquista, hay que responder “Correcto: yo no creo en que necesitemos amo”.
Develemos el engaño
Axel Kaiser lo responde en forma burlona así: El Estado no somos todos. Si fuéramos todos, no necesitaríamos una constitución que nos proteja del Estado. No necesitamos protección de nosotros mismos. Esa forma de mostrar que no somos todos funciona bien. También podemos elaborar otras frases con ese mismo poder retórico:
Si el Estado somos todos, ven me nombro ministro ya mismo.
Si el Estados somos todos, mándame mi parte del presupuesto y quedamos a paz y salvo.
Si el Estado somos todos, renuncio, ya no quiero ser parte.
Si el contrincante no cede, entonces toca acudir a la criptonita. ¿Sabe quién creía fervorosamente que el Estado somos todos? Sí, Mussolini, quien llevó la frase a su máxima expresión con una fórmula que definió al fascismo entero: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado.” Y lo de Mussolini explica la frase edulcorada de hoy, porque si el Estado somos todos, entonces nada puede quedar por fuera de él —ni la empresa, ni la familia, ni la conciencia— y nada puede ir en contra, porque ir contra el Estado sería ir contra nosotros mismos. Mussolini no inventó nada, solo tuvo la franqueza de decir en voz alta lo que la frase El Estado somos todos implica.
Discusión técnico-jurídica
En este fascinante tema de la batalla cultural, casi siempre intentamos llevar la discusión al campo moral, o al campo del sentido común si se quiere. Ello en razón a que se trata de modificar la escala de valores de una sociedad, y ello solo se logra en el terreno donde viven esos valores. Sin embargo, los detractores de la libertad intentarán siempre evitar la discusión moral porque saben que la pierden. Y la pierden por la sencilla razón que no existe argumento moral que justifique quitarle a alguien lo suyo sin preguntarle y a la fuerza. Ninguno. Por eso el debate moral les es fatal, y por eso lo evitan.
Acuden entonces siempre a la discusión técnica para desviar la base moral. En el terreno técnico también la pierden, pero les sirve para distraer. El lenguaje técnico es complejo y un distractor efectivo. Si hablamos que la inflación es una estafa, nos dirán que es un fenómeno multicausal, que hay presiones de oferta, choques externos, expectativas desancladas y que el asunto es demasiado complejo para reducirlo a una consigna. En el terreno técnico nos defenderíamos diciendo que la inflación es siempre un fenómeno monetario. Un choque de oferta encarece un bien, no todos a la vez. Pero nos distraen, porque nos llevan al terreno que ellos quieren para no tener que responder lo importante y moral: quién imprimió, quién lo autorizó y a quién se le devaluó el salario mientras tanto.
Y lo mismo ocurre con la frase del Estado somos todos. Nos dirán que viene de la definición básica que el Estado es población, territorio y autoridad soberana. Como la población hace parte, entonces somos todos. En este caso, adicional al argumento moral, tenemos también argumento técnico para desbaratar la frase. Acá la propia Constitución del 91 nos da la razón. El artículo 3 dice que el poder público emana del pueblo, y lo que emana de algo no es ese algo (el humo no es fuego). El artículo 6 dice que los particulares responden por infringir la ley, los servidores públicos responden además por omisión y extralimitación. Dos regímenes de responsabilidad porque son dos categorías distintas de personas. Si el Estado fuéramos todos, no existirían estas distinciones en la constitución.
El argumento técnico es bueno, pero en la batalla cultural debemos insistir en lo moral y no dejarnos sacar de allí.
Por qué es importante combatirla
Toda la arquitectura del constitucionalismo —la separación de poderes, los derechos individuales, los límites al gasto, el debido proceso— existe por una sola razón: porque el poder es de otro y hay que contenerlo. Ese es el supuesto sobre el que se levantó todo el edificio. La frase “el Estado somos todos” abolió esa premisa de un solo golpe retórico. Y al abolirla, eliminó la razón de ser de cualquier límite. Porque uno no se protege de sí mismo, ni se pone contrapesos a sí mismo, ni se exige cuentas a sí mismo.
Es una frase que, literalmente, le permite al Estado crecer para siempre. Es la llave que abre el autoritarismo, y el autoritarismo es la antípoda de la libertad.
Es prima hermana de la frase “Estado social de derecho”, pero esa da para un escrito aparte.
Cierre
Empecé este texto diciendo que esta frase la repetimos incluso los que nos creemos curados. Me incluyo. Uno cree que está vacunado y resulta que estaba hablando el idioma del adversario sin darse cuenta. Por eso la batalla cultural empieza en casa con las palabras. No con un argumento nuevo, sino con una corrección necesaria.
El Estado NO somos todos. Repitámoslo hasta el cansancio y corrijamos al que la diga.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Por el contrario, el Estado son unos pocos, muy sagaces, que han logrado vivir a costa de nosotros por milenios
Pero estamos despertando!!!