En la primera valla física de nopidopermiso publiqué la frase “El Estado NO somos todos” y acompañada de su respectivo texto explicativo. Esa primera valla quiso romper el truco semántico de hacernos creer que el Estado es de todos y que somos parte de él, cuando en realidad es un aparato burocrático cerrado donde unos pocos nos gobiernan, luego nos cobran a la fuerza y al final se aplauden a sí mismos.
Ahora vamos con una segunda valla, que se instala a inicios de la próxima semana en el mismo sitio de la primera. Esta vez la frase sigue en la misma línea de desmitificar el Estado y con la misma dosis de verdad: El Estado no crea riqueza. No es un eslogan, es contabilidad pura.
Y ese es el propósito de estas vallas. Poner en la calle, a la vista de todos, las verdades incómodas que el estatismo y el colectivismo prefieren esconder, y devolverle al lenguaje su verdadero significado, que es donde empieza toda batalla cultural. Frases cortas, sin tecnicismos, que obliguen a quien pasa a detenerse y pensar. Las vallas no buscan ganar debates académicos, simplemente buscan sembrar preguntas en la gente.
Girar el cheque no es dar
Hay una confusión permanente en mucha gente. Es común oír que el Estado da subsidios, que el Estado da empleos, que el Estado da salud. Pero una cosa es girar el cheque y otra muy distinta es poner la plata. Y para poner la plata, pues lógicamente el Estado la debió haber generado antes. Y eso es justamente lo que este texto va a demostrar: que el Estado no genera nada, y que por lo tanto el dinero que “da”, en realidad lo quitó primero.
El Estado cobra, no produce
Hay verdades tan obvias que da pena tener que recordarlas. Esta es una de ellas. El Estado no siembra café, no fabrica zapatos, no programa aplicaciones, no abre panaderías a las cinco de la mañana. El Estado solo hace tres cosas, y siempre en este orden:
Primero, cobra. La ley le permite cobrar impuestos a la fuerza, bajo amenaza coercitiva. Y trata de hacernos creer que es por nuestro bien, y lo hace masajeando muy bien las palabras. Cambia la palabra “impuesto” por la palabra “contribución”, que suena más suave y voluntaria.
Segundo, se queda con una parte. Nóminas, contratos, burocracia, intermediación, corrupción, ineficiencia, mala asignación. Cada peso que pasa por la tubería estatal entra gordo y sale flaco. En el camino, cada quien le saca su tajada.
Tercero, reparte lo que sobró. Y lo reparte con foto, aplausos y discurso. Ahí aparece el político cortando la cinta de una obra que nosotros pagamos, como si la plata hubiera salido de su propio bolsillo.
Como vimos en el Substack anterior, Las necesidades no son derechos, nos tergiversaron las palabras y nos metieron el gol del siglo. El verbo quitar tomó el significado del verbo dar. O, como dijo Bastiat en 1848, “el Estado es la gran ficción mediante la cual todo el mundo intenta vivir a expensas de todo el mundo”. Casi dos siglos después, seguimos cayendo en la misma ficción, solo que ahora con redes sociales.
“Gratis” es la palabra más cara del idioma
Si el Estado no crea riqueza, la plata que reparte tuvo que salir de algún lado. Y solo hay tres formas de sacarla, y todas, sin excepción, con cargo a nuestro bolsillo.
Impuestos: cobro forzado y directo sobre lo que ganamos y compramos.
Deuda: cobro diferido que pagarán de forma coactiva las generaciones que aún no han nacido.
Inflación: cobro escondido mediante emisión monetaria, que pagamos todos, en especial los más pobres.
A esos cobros coactivos, me gusta más llamarlos los tres hermanos de la banda: el violento, el inmoral y el tramposo. Independientemente del nombre que les demos, está claro que nada de lo que ofrece el Estado es gratis. Ya fue prepagado por nosotros, que no es lo mismo. La palabra “gratis” en boca de un político significa exactamente que alguien va a pagar, y nunca son ellos.
La pregunta criptonita
“El Estado no crea riqueza” no es una frase de economista. Es el punto de partida que nos lleva a la pregunta que ningún político quiere oír. Es una pregunta que desarma cualquier discurso colectivista en menos de diez segundos. No requiere haber leído a Hayek ni a Mises. La puede hacer un joven pagando en una notaría, un comerciante haciendo la fila de pagos en la cámara de comercio o una señora leyendo un informe de una caja de compensación: ¿Y eso quién lo paga?
Cuando alguien hable del derecho a la educación pública, preguntemos: buena idea, pero ¿eso quién lo paga? Cuando alguien hable de subsidios, preguntemos: muy noble el tema, pero ¿eso quién lo paga? Y así sucesivamente. Y si la persona no responde, como seguramente no lo hará, nosotros respondemos: “pagamos nosotros”.
El colectivista desprecia esa pregunta y siempre tratará de esquivarla. Siempre lanzarán bombas de humo para distraernos. Algunas de esas bombas son:
Los derechos no pueden ser negocios.
Que paguen los ricos.
¿Entonces usted quiere que los pobres se mueran?
Plata sí hay, lo que pasa es que se la roban.
En Europa lo hacen.
Ellos evitan responder quién paga porque quedan en evidencia. La respuesta honesta destruye su discurso, pues detrás de cada promesa “gratuita” hay un bolsillo ajeno. Y sin importar la ideología, eso de quitarle a unos para darles a otros no deja de ser un despojo solo porque venga con sello oficial y aplausos. Por eso el colectivismo necesita que esa pregunta no se realice.
Tontos no son
Ante nuestra pregunta, van a salir con el contraejemplo clásico de las empresas estatales para decirnos que el Estado sí produce riqueza. “Mire a EPM, toda la plata que le produce a la ciudad”. Primero, esas utilidades salen de lo que pagamos cada mes por la luz y el agua. Segundo, mostrar a EPM como prueba de que el Estado produce es como señalar al único ganador del baloto para demostrar que apostar enriquece. Por cada EPM hay una fila de empresas públicas quebradas o saqueadas. Y tercero, cuando la propia EPM se equivoca, el hueco lo tapamos todos con menos transferencias para la ciudad, con tarifas que pagan la deuda, o en últimas con el respaldo del Municipio, que no tiene plata propia sino la nuestra. Es decir, de una u otra manera, siempre pagamos nosotros.
Y hay algo más perverso aún: gran parte del costo de lo “gratis” lo termina pagando quien no lo usa. La universidad “pública” y gratuita la paga quien no asiste a ella. El subsidio lo paga quien no lo recibe. El aporte a la caja de compensación sale de la nómina de todos, pero la cuota monetaria solo la cobra quien sí tiene hijos. Así funciona el Estado en este mundo al revés. En el mercado, el que usa paga. En el Estado, pagan todos, usen o no, quieran o no.
La generosidad con billetera ajena
Hasta aquí hemos hablado de plata. Pero el asunto de fondo no es contable, es moral. Solo es generoso quien da lo suyo. Quien reparte lo ajeno es, en el mejor de los casos, un intermediario, y en el peor, un usurpador con buena prensa. El Estado se apropia del mérito de una bondad que nunca ejerció, y al que realmente pagó no solo no le dan las gracias, sino que lo tildan de egoísta si pregunta cuánto le cuesta. Esa es la estafa completa, pues nos quitan la plata y también el mérito.
Por eso lo más irritante del colectivista no es que quiera ayudar. Ayudar es bueno. Lo irritante es que quiera ayudar con plata ajena capturada a la fuerza, y encima se quiera quedar con el aplauso. Tras de gordo, hinchado, decimos por acá. Hemos hablado mucho que la verdadera solidaridad es siempre voluntaria. Cuando se hace con el dinero que recauda el Estado, no es solidaridad, es obediencia.
Y acá está lo más incómodo de esta batalla cultural: la culpa no es solo del político. Exigimos que el Estado pague lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a pagar. Todos pedimos más gasto, con cargo a los demás. Por eso el político vive feliz prometiendo, pues cada voto que compra con plata ajena le sale gratis.
Cierre
¿Y eso quién lo paga? Esa es la pregunta, y por eso el colectivismo necesita que nadie la haga. Nuestra tarea es insistir en formularla, hasta que todos miremos la factura. Porque cuando la vemos, entendemos la cuenta. El Estado no siembra, no fabrica, no inventa, no emprende. Cobra, se queda con una parte grande y reparte el resto con foto y con discurso. Lo que llamamos “ayuda del Estado” es apenas plata nuestra que nos quitaron a la fuerza y que pagó un caro peaje en el camino. Lo que sobra lo reparte el político, que se da el crédito con dinero ajeno.
Por eso lo que dice la valla no es una opinión ni una consigna. Es una constatación, tan aburrida y cierta como el informe de fuentes y usos de un contador. Y en ese informe no hay una sola fuente que nazca en el Estado.
El Estado no crea riqueza.
Visita nopidopermiso, donde la libertad no se negocia.




Nicolas excelente tus reflexiones y comentarios , lo que debemos. Procurar es que se cumple el gobierno corporativo en las cajas de compensacion camaras de comercio , gremios etc, y que se prohiba la reeleccion de sus dirigentes para la muestra un boton comfama,andi ,Cámaras de comercio entre otros