El bobo escondido en la factura
En el texto anterior titulado El espejo para el vampiro, vimos la causalidad entre libertad económica y riqueza, y analizamos en detalle el famoso gráfico del Fraser Institute. Dijimos también que el ranking de libertad económica se basa en un número grande de variables agrupadas en cinco grandes áreas. Ahora bien, de todas esas variables de libertad económica me llama mucho la atención el tema de los impuestos. No tanto el más dañino e inmoral de todos que es la inflación, pues de eso ya hemos hablado bastante en otros escritos y sobre el que tendremos que seguir insistiendo en futuros textos ya que se trata del mayor engaño al que se somete al ciudadano común.
Sin embargo, en esta ocasión quiero hablar de otro impuesto, que parece sofisticado y técnico, pero que a su vez es el más regresivo. El IVA. Y trataré de demostrar, con datos, que el IVA es dañino y sobre todo inmoral.
La destrucción (+ IVA)
Francia nos trajo el croissant, la mantequilla, y el desayuno con cigarrillo. También nos trajo los valores de la revolución, el péndulo de Foucault y la guillotina. Pero Francia también se ha equivocado, y mucho. Se inventó la idea de que el Estado debe regular hasta el sabor del pan, institucionalizó la huelga y convenció a medio mundo que ser miserable con elegancia es superior a ser próspero sin estilo. Pero, desafortunadamente, nos trajo un invento peor y más dañino: El IVA.
En 1954, Maurice Lauré, un funcionario fiscal de París, implementó el primer IVA moderno en lo que entonces era la Costa de Marfil, colonia francesa. Tras evaluar el experimento como exitoso, Francia lo adoptó internamente en 1958, y luego contagió a Europa entera en los 60´s. Hoy 166 países en el mundo aplican algún sistema de IVA. Hungría tiene el más alto del planeta (27%), Andorra el más bajo (4.5%), y Estados Unidos —siempre el raro de la fiesta— no lo tiene en absoluto.
Pero detrás del contagio, hay una pregunta incómoda: ¿por qué fascina tanto el IVA a los políticos de todo el espectro ideológico? Socialistas, conservadores, liberales, populistas, tecnócratas: todos parecen amarlo por igual. Y la respuesta, como casi siempre, está en la psicología, no en la economía.
El IVA tiene tres características nefastas que lo hacen único.
Característica # 1: Engañoso
Los gobiernos no recaudan donde deberían, sino donde duele menos. Y “donde duele menos” es donde el contribuyente apenas se da cuenta del cobro. Por eso el campeón mundial de todos los impuestos es la inflación, una herramienta invisible, silenciosa, devastadora y un impuesto que hasta el más analfabeto financiero termina pagando sin saber su nombre. Pero el subcampeón es el IVA. Su superpoder es venir embutido en el precio, vestido con ropaje técnico, escondido bajo siglas y porcentajes. Nadie firma o paga una declaración de IVA mensual. Nadie recibe una factura específica que diga “usted le pagó X pesos al fisco este mes por IVA”. Viene camuflado en cada café, en cada cuaderno, en cada llamada, en cada domicilio. Y cuando viene registrado en una factura, siempre va por allá abajo, como el bobo de la familia que lo esconden en un cuartico detrás del solar para que nadie lo vea. Una porción de cada peso que gastamos se va al Estado, pero el cerebro registra “café”, no “café + impuesto”. Es solapado, morrongo, traicionero; tiene tantos adjetivos afines que da para una canción de despecho.
Característica # 2: Regresivo
Pero su maldad no termina en su sagacidad para esconderse. Su segundo crimen es que es un impuesto brutalmente regresivo. Esto no es opinión libertaria, es aritmética de tercer grado. El IVA grava el consumo. Y la proporción del ingreso que se destina al consumo es muchísimo más alta en los hogares pobres que en los ricos. Un trabajador que gana el salario mínimo gasta cerca del 100% de lo que recibe y no le queda nada para ahorrar. Un ejecutivo de altos ingresos gasta tal vez el 30 o 40%, y ahorra o invierte el resto. Cuando el IVA está al 19% que es el caso colombiano, el pobre paga IVA sobre prácticamente todo lo que entra (y sale) de su bolsillo. El rico, sobre apenas una fracción. Mismo porcentaje legal pero carga real radicalmente distinta. El IVA es el impuesto que más les gusta a los políticos que más juran defender a los pobres.
Característica # 3: Complicado
Y por si fuera poco, además de ser solapado y regresivo, también es deliberadamente confuso y complicado. El IVA se cobra en cada eslabón de la cadena productiva, y en teoría las empresas descuentan lo que pagaron en la etapa anterior, dejando como impuesto neto sólo lo “agregado” en su eslabón. Suena elegante, perfumado, francés. En la práctica, el laberinto colombiano incluye IVA gravado, IVA exento, IVA excluido, IVA descontable, IVA no descontable, IVA que se vuelve mayor valor del costo, tarifas del 19%, del 5%, del 0%, regímenes simplificados, regímenes ordinarios, declaraciones bimestrales o cuatrimestrales. Una matriz que sólo la entienden bien tres tipos de personas: contadores especializados, pocos abogados y funcionarios de la DIAN. El resto del país firma facturas que no entiende.
Adicionalmente ineficiente
Y no contentos con esas tres pérfidas características, desde el punto de vista tributario es radicalmente ineficiente. Tras de gordo hinchado dicen en mi tierra. Si el IVA colombiano del 19% se aplicara de manera uniforme a toda la economía como dicta la teoría, debería recaudar cerca del 19% del PIB. Es obvio, el PIB mide todo lo que produce una economía, y si a todo se le cobra el 19%, el resultado final debería ser que el recaudo por IVA debería ser el 19% del PIB. Si miramos las cifras oficiales (datos del 2024), el PIB fue 1.713 billones de pesos, el IVA debió recaudar 325 billones, pero en la realidad recaudó 57.5 billones de pesos. Apenas el 3.36 % del PIB, es decir, una productividad del impuesto de 17.7%.
El sistema está dejando sobre la mesa más del 80% de lo que debería recaudar si fuera neutral, simple y de tarifa única. ¿Dónde se va el resto? En exenciones, exclusiones, tarifas diferenciales, regímenes especiales y beneficios tributarios. Cada exención es una conquista política, cada tarifa diferencial es un favor pagado, cada exclusión es un lobby exitoso. El IVA colombiano no es un impuesto: es un mapa de los grupos de presión que han tenido buenos abogados en el Congreso durante los últimos 50 años.
Impuesto con mucha fricción
Entonces estamos ante un impuesto solapado y muy ineficiente. Y su ineficiencia no sólo se mide en su baja productividad de recaudo, sino en la fricción que le genera a todos los agentes económicos.
Las empresas pequeñas y medianas destinan parte importante de su recurso humano al cumplimiento del IVA. A manera de ejemplo, una comercializadora que compra y vende cualquier mercancía, debe clasificar cada producto entre cuatro tarifas distintas, facturar electrónicamente, llevar libros paralelos de IVA generado y descontable, conciliarlos mensualmente, presentar declaraciones bimestrales o cuatrimestrales dependiendo de su tamaño y rezar para que la DIAN no encuentre una inconsistencia en el cruce con la información exógena de sus proveedores y clientes. Y no sólo es la complejidad, la cual se exacerba cuando ya pasamos de una simple comercializadora a una empresa con exportaciones, importaciones y productos mixtos (unos gravados, otros excluidos). En estos casos se debe aplicar el cálculo del prorrateo del IVA descontable, una fórmula que requiere distribuir proporcionalmente el IVA pagado en gastos comunes entre la parte gravada y la parte excluida del negocio. Todo un laberinto de cifras para presentar una declaración periódica a la DIAN. Y adicionalmente hay que solicitar certificados a clientes y proveedores para estar en cumplimiento de lo exigido.
Y tranquilos, es peor. Viene también el ReteIVA, una fracción adicional de deducciones entre agentes que es como si el mesero, antes de recibir la propina, tuviera que entregarle el 15% al gobierno, y después pedirle por escrito que se la devuelva cuando termine el mes. Esto, multiplicado por dos millones de pymes, es lo que llamamos en Colombia “sistema tributario eficiente”.
El resultado de toda esta arquitectura es brutal en términos de costo operativo. Según el último reporte conjunto del Banco Mundial y PwC, Paying Taxes 2020, las empresas colombianas dedican 256 horas al año al cumplimiento tributario, comparadas con un promedio de 159 horas en los países de la OCDE. Y de esas 256 horas, alrededor de 71 corresponden únicamente al IVA: horas y horas, por empresa, dedicadas exclusivamente a clasificar productos, llenar formularios y conciliar libros para que la DIAN no encuentre un error. Plata que no se invierte en producir e innovar, fuente fundamental de la productividad de un país.
Y si creíamos que ya habíamos terminado, el IVA trae aún más veneno. Es el contribuyente quien le adelanta el pago a la DIAN, pues las ventas normalmente son a crédito. Por lo tanto, la DIAN se asegura su pago desde el principio, y eso asumiendo que el cliente pague, porque si el cliente no paga, de todas maneras, ya a la DIAN se le pagó su tajada de forma anticipada. La DIAN es el peor socio de todos, se cobra su IVA, anticipado, con pistola y amenazas.
A pesar de lo anterior, el IVA sigue firme en la estructura tributaria del Estado porque la gente ya lo aceptó. No se cuestiona, no se indaga, porque creemos que es inevitable. La realidad es que sí es evitable, se puede llevar la discusión a que un impuesto sobre las ventas no sólo sería más eficiente desde el punto de vista de recaudo, sino que aliviaría tanta fricción e ineficiencias que genera. ¿Algún candidato hablando sobre esto? Claro que no.
En lo cultural
Un amigo abogado siempre me decía una frase: “de Caucasia para arriba eso del IVA no pegó”. Para no entrar en discusiones regionales que puedan herir susceptibilidades, digamos que mi amigo se refería a la amplia informalidad que existe en Colombia. Y los datos le dan la razón: según el DANE, cerca del 60% de los ocupados en Colombia trabajan en la informalidad. Es decir, más de la mitad del país opera en una economía donde el IVA es una sugerencia simpática que el comerciante decide si acepta o no. En la galería del barrio, en el taller del mecánico, en el almuerzo de la tienda de doña Marta, en la peluquería de la esquina, el IVA es como la dieta de enero, presente pero inexistente.
Pero, lo cultural es en realidad una defensa. Un argumento libertario en estado puro. El colombiano de a pie jamás leyó a Bastiat, pero lo entiende profundamente: cuando el saqueo se vuelve modo de vida del Estado, la gente común crea su propio código moral para resistirlo. Y ese código, en Colombia, se llama “le hago descuento si paga en efectivo”. Es la versión criolla del Boston Tea Party. Sin té, sin barcos, sin discursos. Y esto no es una promoción a la evasión, es simplemente la respuesta racional del ciudadano común a un sistema diseñado para extraer sin retribuir.
El impuesto cohete: siempre sube
Vimos que el IVA tiene tres características nefastas: engañoso, regresivo y complicado. Adicionalmente vimos que es ineficiente en el recaudo y un gran generador de fricción operativa y financiera para todos los agentes económicos. Pero, tal vez la que es moralmente más despreciable es su esencia engañosa. Esa naturaleza soterrada y embustera es la que le permite pasar “de agache” mientras entierra su puñal.
A lo largo de la historia, los gobernantes han diseñado impuestos opacos para que no sean muy visibles y para poderlos cobrar sin mucha resistencia. Ejemplos hay muchos, desde el invento original de Nerón de “comerle” plata a las monedas para financiar guerras y su Domus Aurea, pasando por la España imperial rebajando con cobre a su Real, hasta el IVA de hoy. Y si el impuesto no se ve, pues no genera resistencia.
Y si no genera resistencia, sube. Y sigue subiendo. En Colombia teníamos IVA al 12% en 1990. Gracias a los dos de los tres mejores y espectaculares presidentes que hemos tenido*, Samper y Santos, el IVA subió al 16% en 1995 y luego al 19% en 2016. Gracias.
(*) Junto con Petro tenemos el triunvirato nacional de calidad presidencial. Si no sabes de Presidentes, no opines.
Cierre
El IVA llegó a Colombia hace décadas con la promesa técnica de ser eficiente, neutral y moderno. No fue ninguna de las tres cosas. Hoy lo pagamos todos, lo entienden diez gatos, y lo aprovechan los que tienen abogados. Subió del 12% al 19% sin que nadie del Congreso tuviera que defenderlo en plaza pública, porque la plaza pública ni se enteró. Es el impuesto perfecto para el político imperfecto: cobra mucho, asume poco, rinde cuentas a nadie.
Y mientras tanto, el ciudadano común —el del salario mínimo, el de la pyme, el del taxi, el de los pañales del bebé— sigue entregando pedacito a pedacito su ingreso al Estado, sin firmar, sin protestar, sin saber. Es el cobro perfecto: invisible, ineludible, eterno.
Por eso, la próxima vez que alguien te diga que “los pobres no pagan impuestos en Colombia”, muéstrale el café que se acaba de tomar. Ahí, escondido en el precio, va su contribución cotidiana y costosa a uno de los Estados más caros de América Latina. El pobre sí paga. Sólo que no le dejan ver la factura y lo llevan a estadios a aplaudir como foca.



Excelente Nicolas, clara, esclarecedora y contundente
buenisimo