De plátanos a cohetes
Salgo con esta edición especial corta aprovechando la oportunidad que nos dieron las redes esta semana. Toca lanzarse rápido sobre el tema aprovechando su temperatura. La edición semanal ordinaria de todas maneras sale publicada este fin de semana.
Esta semana se vivió en redes un evento que me sirve perfecto para retratar la necesidad imperiosa que tenemos de dar eficazmente la batalla cultural. Todo inició con un post de Elon Musk que decía que SpaceX estaba mirando posibles sitios para establecer un puerto de lanzamiento de cohetes. De manera rápida, Hernán Jaramillo, Fundador de 10AMPRO, le propuso a Elon que considerara a Urabá como sitio óptimo. Posteriormente, el Gobernador Andrés Julián Rendón se sumó a la iniciativa y de manera más formal envió un trino al respecto. Luego salió la noticia en El Colombiano y otros medios replicaron la misma.
El tema es muy interesante y tiene mucha lógica. La velocidad de rotación de la tierra es más alta mientras más cerca de la línea ecuatorial se está, sumado a la proximidad de Urabá a dos océanos y al Canal de Panamá. Al respecto, el mismo Hernán publicó un substack extenso hoy que los invito a leer. El argumento de Hernán es contundente por lo simple: Urabá combina tres ventajas que ningún puerto espacial actual reúne al tiempo: proximidad a la línea ecuatorial, salida a dos océanos y vecindad con el Canal de Panamá. Mientras el mundo lanza desde Florida, Kazajistán o la Guayana Francesa pagando peajes geográficos, nosotros tenemos el activo natural y lo usamos para exportar banano y plátano. Pero más allá del escrito, es importante resaltar que este tema no es nuevo y tampoco nacido de la coyuntura de un post de Elon Musk. 10AMPRO viene hablando de este tema hace ya mucho tiempo, y de hecho hizo la propuesta en su Episodio 132 en enero de 2025.
Pero, más allá de lo ocurrido esta semana, lo sorprendente no es la propuesta, ni la rapidez con la que el Gobernador Andrés Julián se sumó, y mucho menos que los medios lo repliquen. No es sorprendente porque ya 10AMPRO es la mejor plataforma para pensar distinto que hay en Colombia, y de la cual me siento honrado me tengan como participante activo. Y no sorprende la respuesta del Gobernador, tal vez de las pocas jóvenes promesas políticas que nos devuelven algo de esperanza por el futuro del país. Y no sorprende el eco de los medios, convertidos ahora en megáfonos de lo que pasa en las redes.
Lo realmente sorprendente fue la reacción de la gente. Y ello desnudó el verdadero problema: la mentalidad colombiana. Nuestro peor enemigo no es la geografía, ni la falta de recursos, ni siquiera la política. Es la incapacidad cultural de imaginar grandeza sin burlarnos primero de ella. Y de eso quiero hablar, esa mentalidad se cambia también a través de la batalla cultural por las ideas de libertad y el deseo de progreso.
El termómetro de los comentarios
Bastaba con bajar a la sección de comentarios de cualquiera de los posts —el de Hernán, el del Gobernador, las réplicas en medios— para encontrar un muestrario casi perfecto de las patologías mentales que nos tienen donde estamos. Las clasifiqué en cuatro categorías, y vale la pena nombrarlas porque lo que no se nombra no se combate.
Primero, el antiimperialismo de cafetería. “Que el gringo se quede con sus cohetes”, “Musk lo que quiere es robarse el territorio”, “es neocolonialismo espacial”. El reflejo pavloviano de leer “inversión extranjera” y traducirlo automáticamente a “saqueo”. Como si la única forma de relacionarnos con el mundo fuera desde la victimización permanente. Como si Singapur, Irlanda y los Emiratos se hubiesen reinventado ahuyentando capital y talento extranjero.
Segundo, la burla autoflagelante. “Jajaja en Urabá ni hay luz constante, ¿y van a lanzar cohetes?”, “primero arreglen las carreteras”, “esto es Colombia, hermano, despierte”. Este es tal vez el más doloroso, porque viene de los propios. Es el colombiano que se enorgullece de su propio derrotismo, que confunde realismo con cinismo, y que asume que su rol patriótico es bajarle la caña a cualquiera que se atreva a imaginar algo grande. Es el síndrome del cangrejo en el balde, pero institucionalizado como sentido común y cántico cultural.
Tercero, la resignación fatalista. “Eso nunca va a pasar”, “en este país no se puede”. La diferencia con la burla es sutil pero importante. El burlón se ríe. El resignado mata cualquier posibilidad antes de empezar y luego suspira. Y el suspiro es peor, porque desmoviliza sin necesidad de argumentos. Es la profecía autocumplida convertida en filosofía nacional: como creemos que no se puede, no lo intentamos; como no lo intentamos, no pasa; como no pasa, confirmamos que no se puede.
Cuarto, la envidia regional disfrazada de análisis técnico. “¿Y por qué Urabá y no la Guajira?”, “todo se lo llevan los paisas”. La incapacidad de evaluar una propuesta por sus méritos —en este caso, méritos físicos, geográficos, logísticos— y la necesidad de leerla a través del lente del resentimiento territorial. Lo paradójico es que esta misma gente, si la propuesta fuera para su región, defendería con uñas y dientes los mismos argumentos que ahora desprecia.
El verdadero problema no es Urabá
Acá viene lo importante: el debate sobre si SpaceX efectivamente se instala o no en Urabá es secundario. Probablemente no ocurra. Probablemente termine en Brasil, en Panamá, o donde sea que la matemática y la política se alineen mejor. Y eso está bien, así funciona el mundo. Lo que no está bien —lo que es síntoma de una enfermedad grave— es que como sociedad no seamos capaces ni siquiera de entretener la idea. De jugar con ella, sin que inmediatamente aparezca el coro griego del fracaso anticipado a explicarnos por qué no, por qué nunca, por qué somos quienes somos y eso no va a cambiar.
Países que progresan son países donde una propuesta así genera, primero, curiosidad; segundo, debate técnico serio; tercero, movilización para hacerla viable. En Colombia genera, primero, burla; segundo, sospecha ideológica; tercero, resignación. Y de ahí no salimos.
La batalla cultural: qué hacer concretamente
Aquí es donde quiero dejar de quejarme y proponer. Porque criticar la mentalidad colombiana sin proponer cómo cambiarla es exactamente el tipo de pereza intelectual que siempre cuestiono. La batalla cultural por las ideas de libertad, y por una mentalidad de progreso, se da en frentes muy concretos:
Ocupar el espacio digital con ideas, no con reacciones. Cada vez que alguien con audiencia comparta una propuesta ambiciosa para Colombia y los comentarios se llenen de fatalismo, hace falta que aparezcan también voces que argumenten lo contrario. No con insultos, sino con razones. Plataformas como 10AMPRO existen precisamente para eso, y se necesita más gente sumándose, no sólo consumiendo el contenido.
Dejar de pedirle permiso al consenso. El consenso colombiano actual es derrotista, y en el mejor de los casos gradualista. Quien quiera proponer algo distinto va a recibir pedrada. Hay que normalizar la pedrada. En Colombia, proponer algo grande genera exactamente la misma reacción que tocar un panal de avispas: salen expertos, resentidos y derrotistas al mismo tiempo. Perfecto. Que salgan. Igual hay que seguir proponiendo. La batalla cultural se gana con gente dispuesta a quedar mal en redes por sostener una idea. Vamos a seguir trayendo ideas nuevas en 10AMPRO, y tranquilos que ya hicimos vaca para los cascos y los chalecos.
Educar en economía básica y en historia comparada. Gran parte del antiimperialismo de cafetería se cae con simples datos. Basta mirar a Corea del Sur en 1960 y mirarla hoy. O Irlanda, o Singapur. O Chile en 1973 y como llegó a ser Chile hasta 2019 cuando tristemente decidió entrar en la misma espiral tonta-destructiva que muchos quieren copiar para Colombia. Pero esos datos hay que llevarlos a donde la gente está, no esperarlos en seminarios universitarios. Hay que insistir en la evidencia empírica, ya demostramos en un escrito anterior que los países más libres son los más ricos. Y repetir, y repetir y nunca desistir.
Celebrar a los que proponen, aunque sus propuestas no se concreten. Hernán propuso, el Gobernador respaldó, los medios replicaron. Aunque SpaceX nunca aterrice en Urabá, ese ejercicio —proponer en grande, sin pedir permiso— es exactamente el músculo cultural que necesitamos desarrollar. Aplaudirlo es parte de la pelea. Y repetir.
De plátanos a cohetes, y por qué importa
El título de este post no es casual. Llevamos décadas siendo, mentalmente, un país de plátanos, conformados con lo que da la tierra sin esfuerzo, sospechosos de cualquier ambición mayor, expertos en explicar por qué no se puede. Pasar de plátanos a cohetes no es literalmente sobre SpaceX. Es sobre permitirnos imaginar que podemos ser algo distinto a lo que hemos sido.
Y la única forma de hacer ese tránsito es ganando, conversación por conversación, comentario por comentario, post por post, la batalla cultural contra los cuatro fantasmas que nombré arriba. Si seguimos volviendo a los plátanos cada vez que alguien menciona cohetes, no es culpa de Musk, ni de los gringos, ni del gobierno de turno. Es nuestra. Y eso, paradójicamente, es la mejor noticia: porque lo que es culpa nuestra, también es responsabilidad nuestra arreglarlo.
Los invito a visitar mi plataforma nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.





Excelente escrito Nico, probablemente el reto más grande que tenemos como sociedad actualmente, mientras sigamos con la mentalidad derrotista sin entender que en la libre empresa se encuentra el progreso para todos, seguiremos teniendo políticos de pacotilla con audiencias que aplauden.
Ojalá fuéramos envidiosos con las ideas, como lo somos con los negocios de barrio … pa una tienda … otra tienda… pa una peluquería .. otra peluquería… para una idea grande, otra idea más grande!