Tuve la fortuna de estar en Cali la semana pasada y escuchar personalmente el discurso de Milei al recibir el doctorado honoris causa que le otorgó la Universidad Santiago de Cali. Más allá del contenido de ese fenomenal discurso, regresé lleno de sensaciones que nunca había sentido en Colombia. Por un lado, fui testigo de una avalancha de símbolos alrededor de los actos de posesión del nuevo gobierno. Pero, más importante, disfruté durante dos días conversaciones sobre libertad, propiedad, impuestos e incentivos que hasta hace poco parecían reservadas para cuatro desadaptados. Tratando de entender esas sensaciones, terminé preguntándome si estamos presenciando algo más grande.
El espíritu de la época
Mucho me he preguntado si esas evocaciones a la libertad son más un deseo personal que un genuino cambio de época. Es fácil caer en el sesgo de confirmación y asumir que las conversaciones con personas que piensan como uno demuestran una tendencia general. Pero, corriendo el riesgo de equivocarme, creo que algo sí está cambiando de manera profunda.
Desde lo simbólico, las señales son potentes. Que sea Cali, capital del Valle Soviético, la sede de posesión de un nuevo gobierno que dice defender la libertad. Que en los anuncios oficiales se hable de reducir impuestos, recuperar la seguridad y atraer inversión. Que todo ocurra precisamente en la plaza que la antítesis política considera aún territorio propio. Y está la estética. Abundancia, celebración, optimismo, irreverencia. Una ruptura deliberada con la iconografía del puño, la resistencia y la pobreza convertida en virtud. Todo un reality show político construido alrededor de una idea sencilla: la pauperización ya no es bienvenida en el nuevo relato.
El lenguaje también está cambiando. Ahora los políticos de centro y derecha, tan proclives hasta ayer a combinar ideas de mercado con subsidios, dicen “gasto público” como quien nombra una enfermedad venérea y no un logro de gestión. Dicen “los impuestos de la gente” donde antes decían “los recursos del Estado”. Los defensores de aranceles, subsidios a los combustibles y salarios decretados descubrieron súbitamente las virtudes de bajar impuestos. Y que la frase “menos Marx y más Hayek”, impulsada por la genial Jerome, se haya tomado el espacio político también dice algo sobre el cambio en el vocabulario.
Pero quizá la señal más interesante está en la reacción. Los opositores, desde los militantes de izquierda radical hasta los periodistas que se autoproclaman objetivos, han concentrado sus críticas en la estética. Que demasiados curas. Que demasiados rezos. Que eso ofende al Estado laico. Cuatro años de armonizaciones y de ondear la bandera de la muerte no los indignaron. Pero la hipocresía no es lo interesante, eso viene incluido. Lo revelador es lo que dejaron de discutir. La crítica estética es la bandera blanca del que se quedó sin argumentos económicos. No me sorprendería ver pronto al Pacto Histórico explicándonos la importancia del ajuste fiscal. Ese día sabremos que el espíritu de la época definitivamente llegó para quedarse.
El discurso de Milei
Pero más allá de símbolos y sensaciones, está el contenido. Lo que escuché de Milei en Cali fue doctrina pura. Explicó que sus decisiones se apoyan en tres pilares, y en ese orden de mérito. Primero los valores éticos y morales. Segundo la eficiencia económica. Tercero, el utilitarismo político. De ahí se deriva todo lo demás. Que algo sea legal no lo hace legítimo. Que la deuda son impuestos futuros y, por tanto, es inmoral cargarles la cuenta a quienes todavía no han nacido. Que la inflación es un impuesto que nadie legisló.
Y aunque todo eso se lo hemos escuchado antes a Milei, escucharlo en vivo tiene un poder especial. Sin embargo, esta vez dejó una idea particularmente poderosa, tomada de Huerta de Soto: nada que sea injusto puede ser eficiente. Y si algo es eficiente, es porque es justo. Vale la pena detenerse ahí a entender la potencia de semejante argumento.
Eficiencia no es repartir correctamente lo que ya existe. Es conseguir que mañana exista más. Y para que exista más, alguien tiene que producirlo. Ese alguien solo tendrá incentivos para hacerlo si sabe que el fruto de su esfuerzo le pertenece. Por eso lo justo y lo eficiente son inseparables. Lo justo es que cada uno conserve lo que produce y lo eficiente es que tenga razones para seguirlo haciendo. Son dos caras de la misma moneda. O, dicho en términos que la izquierda pueda entender, siempre agrícolas, que es donde tienen el fetiche: nadie siembra en tierra ajena y quien se reparte la semilla termina sin cosecha.
Esta idea obliga a tener una conversación sobre libertad que el centro colombiano lleva décadas evitando. Porque destruye su dilema favorito de justicia versus crecimiento. Durante años nos dijeron que debíamos aceptar un poco menos de crecimiento a cambio de un poco más de “equidad”. Y al que cuestionaba la premisa lo catalogaban de fanático del mercado, insensible o sin corazón. Pero si justicia y eficiencia no son fuerzas opuestas, se les acabó el truco. Y, de paso, se vuelve mucho más difícil justificar el sueldo que nos cobraban por administrarnos el supuesto equilibrio. Gracias, Milei, por la claridad.
Y de todo este concepto que nos explicó magistralmente Milei, podemos seguir con la segunda derivada. Esta sí, de mi cosecha propia en uso de mi derecho a pensar y a divagar. Si lo justo es no agredir para que cada uno conserve lo suyo, y lo injusto no puede ser eficiente, entonces cada iniciación de la fuerza por parte del Estado nos empobrece a todos. No hay que escoger entre el gobernante bueno y el gobernante eficiente. El único gobernante eficiente posible es el justo, y necesariamente es aquel que respeta la libertad. Porque mi libertad no es más que su deber de no agredirme, y ese deber es exactamente lo que llamamos justicia. Y si entendemos la libertad como el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, entonces podemos concluir una ecuación fundamental:
Justicia = Libertad = Eficiencia
O en términos católicos, para que los críticos se apasionen y se enerven aún más. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. La justicia, la eficiencia y la libertad no son tres caminos entre los cuales haya que escoger. Son tres nombres de lo mismo. Y no me doy la bendición solo porque no me gusta provocar tanto.
Conclusión
En torno a todo ese simbolismo y contenido tuve dos días de conversaciones profundas sobre libertad, propiedad e incentivos. Y que eso ocurra precisamente en la ciudad que hace cuatro años ayudó a instalar el eslogan de “vivir sabroso” me deja una sospecha maravillosa. Al final, lo único verdaderamente sabroso terminó siendo el helicóptero de Francia. Que desde esa misma tierra empiecen a florecer las ideas de la libertad me llena de esperanza.
Puede que esté soñando. Puede que esté confundiendo mis ganas con la realidad. Puede que todavía no exista ningún cambio de época. Pero incluso si fuera así, el trabajo sería exactamente el mismo. Las épocas no cambian solas, las cambian las ideas. Y las ideas tampoco se defienden solas. Hay que repetirlas, explicarlas, volverlas lenguaje, símbolos, conversaciones y, finalmente, sentido común.
Porque si realmente estamos viendo nacer un nuevo espíritu de la época, hay que consolidarlo. Y si todavía no ha nacido, hay que provocarlo. Es ahora o nunca. Y depende de nosotros.
Los invito a visitar nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Vamos a provocar el nuevo espíritu!!
Que bien Nico que ya estás asistiendo a este tipo de eventos! Poco a poco tu mensaje gana un espacio importante! Muchos éxitos y muchos escritos más!