Brayan somos todos
Esta semana publiqué “De plátanos a cohetes” sobre el autosabotaje mental y cultural que impera en Colombia ante cualquier idea grande. Amablemente, El Colombiano publicó una versión corta del mismo texto. En el grupo 10AMPRO venimos apoyando fuertemente la idea, con textos recientes de Andrés Felipe Arias “Cohetes desde Antioquia — la versión que falta” y otro de Hernán Jaramillo “El Golfo de Urabá: ¿el próximo puerto espacial de SpaceX? Todo este arsenal argumentativo deja claro lo mismo que vengo sosteniendo: la verdadera discusión no es de astrofísica, es de mentalidad.
Muchas personas me llamaron y escribieron coincidiendo en el análisis: no tenemos que pedir permiso para pensar en grande. Pero fue una llamada en particular la que me dejó pensando en serio. Más allá del diagnóstico que ya expuse en el texto anterior, la llamada me puso a pensar que el problema mental y cultural que tenemos debe tener raíces muy profundas. Eso es lo que trataré de explorar a continuación.
La llamada me la hizo un amigo del colegio que vive en Estados Unidos hace muchos años y a quien le pedí autorización para contarla. Sin embargo, me advirtió “marica, pilas me nombrás. No quiero quedar como un pendejo. Todo esto te lo cuento porque creo que es importante explorar lo que nos pasa”. Ante semejante generosidad, porque es raro compartir las debilidades y vulnerabilidades, debo cumplir con su reserva. A mi amigo le daremos el nombre más colombiano posible para que entendamos que es un problema de todos nosotros: Brayan. La historia de Brayan es simple y fantástica al mismo tiempo. Brayan me contó que su colombianidad le había hecho pasar la vergüenza de su vida. Brayan es un comerciante muy exitoso de la Florida y estaba explorando la posibilidad de ofrecer coronas de pino natural, que se utilizan como adornos navideños en muchos hogares americanos. Coordinó una visita a una empresa productora, en un pueblito recóndito del Noroeste de Estados Unidos. Literalmente un pueblito moribundo, a dos horas de Seattle, en la mitad de la nada y rodeado de montañas, niebla, pinos y reservas forestales. El pueblito tenía menos de 5.000 habitantes y para que nos ubiquemos, eso es menos de la mitad de los habitantes de Titiribí. Al llegar a la empresa, Brayan se sorprendió por su tamaño. Una bodega gigante, un parqueadero más grande que el de Disney, un hotel grande, más bodegas, oficinas, muchos camiones, buses de pasajeros y cientos de pallets con producto terminado y más de mil trabajadores. Ahí se activó colombianidad, a cuestionar lo que esa empresa hacía.
¡Ah, brutos! Poner esa empresa ahí. Tener que cortar a mano las copas de los pinos. La cantidad de plata que habrán enterrado para un negocio tan pendejo. ¿Cómo harán para contratar gente si el pueblo es un moridero? Y así sucesivamente. Como buen colombiano, Brayan sólo veía los problemas como obstáculos insalvables. Ante sus preguntas reiteradas y desconcertantes, el dueño le explicó: esto es muy sencillo. Es un negocio de 200 millones de dólares al año y yo tengo todo montado para cumplir esa meta. Es un negocio que opera de julio a diciembre y se inactiva el otro semestre. Desde julio comenzamos a cosechar las copas de los pinos porque tengo que estar enviando a Costco, WalMart y Target desde noviembre. Como los pinos están en una reserva, no puedo entrar con camión. Alquilo una flota de helicópteros, que tienen unas sierras y unas canastillas incorporadas a sus patines de aterrizaje, volamos justo por encima de las copas de los pinos, cortamos y luego los helicópteros descargan las canastillas llenas de copas de pinos sobre los camiones que los tengo ubicados a las afueras de la reserva. Tengo una oficina en Tijuana donde contrato a los trabajadores y desde donde tramito los permisos temporales de trabajo. Soy dueño de esos buses que están ahí, los uso para traer a todos los trabajadores desde Tijuana en varias tandas, y luego regresarlos de la misma forma, y los ubico en el hotel mientras trabajan esos seis meses. En los seis meses de inactividad le alquilo el hotel a un operador y lo mismo hago con los buses. Mi meta son los 200 millones, lo demás es un check-list de temas que tengo que solucionar, y sólo en eso me enfoco.
Pero lo interesante no es la anécdota, es la reflexión que Brayan me permitió derivar de ella. Ante el mismo bosque real, dos personas tienen visiones diametralmente opuestas. El dueño del negocio ve un proyecto de 200 millones de dólares y una lista de tareas para ejecutarlo. Brayan, mi amigo brillante, profesional, con años viviendo en Estados Unidos y siendo exitoso emprendedor, ve un negocio pendejo, una localización absurda, una operación imposible. Mismo bosque y misma realidad, pero software mental opuesto. Y Brayan somos todos los colombianos, no es un caso aislado. Yo me vi reflejado perfectamente en Brayan y creo sinceramente que lo mismo hubiera pensado en esa visita.
Y aquí está lo que me dejó pensando varios días después de colgar el teléfono. Si una mente entrenada como la suya, que lleva décadas operando en el ecosistema más competitivo del mundo, todavía conserva ese reflejo de buscarle lío a todo, es porque el problema no está en la coyuntura. Está en el código fuente. Lo traemos instalado de fábrica. Y como cualquier software defectuoso, hay que cambiarlo.
Las raíces profundas
Creo que el autosabotaje colombiano tiene al menos tres raíces que se refuerzan entre sí. No son hipótesis nuevas, pero conviene nombrarlas juntas porque por separado se quedan cortas.
Primera raíz: una herencia cultural y religiosa que sospecha del que prospera. Heredamos del catolicismo colonial —y de su mutación moderna, el progresismo de izquierda— una desconfianza profunda hacia la riqueza. El que prospera tuvo que hacer algo turbio. Aspirar es vulgar, conformarse es noble. Tener es sospechoso. Esta narrativa, repetida desde el púlpito durante siglos y ahora desde las tribunas políticas y universitarias, dejó un sedimento espeso en la psiquis colectiva.
El dueño de la empresa que visitó Brayan, en Colombia, sería sospechoso. Le preguntarían a quién le robó, con qué políticos se acomodó, cómo explotó a los trabajadores. En el pueblito gringo es el referente local, el que da empleo, el que paga bien, el que sostiene la economía del pueblo. Misma persona, mismo negocio, diagnósticos sociales diametralmente opuestos. Y mientras esa sospecha cultural siga ahí, vamos a seguir produciendo más Brayans, —brillantes, capaces, viendo problemas donde otros ven negocios— en lugar de producir más gringos del pueblito.
Segunda raíz: una educación que premia repetir, no proponer. En Colombia nos formaron para resolver exámenes, no para resolver problemas. Salimos del colegio sabiendo identificar obstáculos con precisión quirúrgica, pero ciegos a las oportunidades. El gringo del pueblito moribundo no es más inteligente que Brayan. Probablemente Brayan tiene más educación formal. Pero al gringo le enseñaron desde niño a preguntarse “¿cómo sí?” y a todos nosotros nos enseñaron a preguntarnos “¿por qué no?”. La diferencia entre ambas preguntas vale 200 millones de dólares.
Y claro, ya me van a decir que Colombia sí tiene emprendedores, que Medellín acaba de salir como la ciudad con más start-ups de Latinoamérica. Y tienen razón. Algo se está moviendo. Sería absurdo negar que hay una generación nueva intentando romper el molde y construir cosas grandes. Pero precisamente por eso el fenómeno llama tanto la atención: porque sigue siendo excepción cultural y no el reflejo mayoritario del país. Todavía celebramos al emprendedor como rareza, no como comportamiento normal. Todavía el reflejo automático de millones de colombianos sigue siendo explicar por qué algo no se puede hacer. Digamos entonces que nos estamos empezando a curar. Aunque Brayan, escéptico oficial de este Substack, seguramente preguntaría: “bacano… ¿y cuánto aportan esas start-ups a la economía?”
Tercera raíz: un Estado paternalista que nos atrofió el músculo emprendedor. Décadas de subsidios, programas, “ayudas”, bonos, cooperación internacional y “el Estado proveerá” hicieron lo que era previsible: nos convencieron de que los problemas los resuelve otro. El alcalde, el gobernador, el subsidio, la ONG, el ministerio. Cuando uno crece con esa programación, deja de mirar problemas como oportunidades. Los mira como reclamos pendientes que alguien más debe atender.
El pueblito de 5.000 habitantes donde opera la empresa de coronas de pino no espera nada del Estado federal. No hay subsidio que explique los 200 millones de dólares de facturación. Hay un tipo que un día miró el bosque, vio coronas de Navidad para Costco, y se puso a resolver el check list. Eso es todo. Y eso es exactamente lo que Colombia, como cultura, nunca aprendió.
El círculo perfecto del estancamiento
Las tres raíces se refuerzan entre sí en un círculo casi perfecto. La educación nos entrena para ver obstáculos. La cultura nos enseña a desconfiar del que los supera. El Estado nos convence de que no es nuestro problema resolverlos. El resultado es un país lleno de gente brillante, trabajadora, capaz, pero con el software equivocado instalado en la cabeza.
Si el problema es de software, la solución también lo es. Y la buena noticia —la misma del texto anterior— es que el software se puede cambiar. No necesitamos más recursos, ni mejor geografía, ni más capital. Necesitamos invertir las tres raíces.
Cierre
Urabá tiene cohetes. Los bosques en la zona de Seattle tienen coronas de pino. Panamá tuvo su canal hace más de un siglo.
El país tiene millones de Brayans esperando que alguien les cambie el software. La batalla cultural no es un eslogan. Es instalar un sistema operativo nuevo en una sociedad que lleva siglos corriendo el viejo. Una conversación a la vez. Una anécdota como la de Brayan a la vez. Hasta que un día, alguien en Titiribí mire las montañas y empiece a calcular cuántas coronas de Navidad le caben a un camión. Ese día habremos empezado a ganar.
Gracias Brayan.
Visitemos nopidopermiso.com, donde la libertad no se negocia.




Excelente reflexión…y adicional a todo es que creemos q ver el obstáculo en todo , desconfiar del q nos supera y vivir del estado es un acto de “viveza” más no de pobreza mental
Espectacular escrito!